Columnismo

Santos inocentes

07.01.2018 @santiago_mruiz 3 minutos

Una vez más, por seguir mi máxima: la necesidad crea la virtud, me veo a deshora escribiendo este artículo, aunque el tema lo supe en cuanto abrí un periódico hace unos días. Ya hace unas semanas que escribí otra columna sobre este tema pero... pero... esto es para apagar las luces del día que está por llegar porque hay veces que la crueldad humana parece campar por doquiera y le hace a uno dudar de la situación mental de sus congéneres. Esta injusticia, como iba a decir, se materializa contra un amigo histórico, un amigo fiel y cariñoso, atento e inocente, y, sobre todas las cosas, puro. La inocencia y el amor están representados en ellos. En el periódico que remito, entre más injusticias hacia treinta y ocho perros, leo que uno de  ellos, de ocho años, se encontraba en una situación sanitaria «lamentable y de debilidad generalizada que le impedía incorporarse, presentando varias heridas abiertas e infectadas con presencia de larvas». En este punto, intenten imaginar la fotografía de aquel ser desgraciado y con tan mala suerte de haber caído en las manos de aquel vil ser mal llamado humano que era su dueño. La descripción, aunque cruda y dura, merece reproducción: «El animal habitaba en unas condiciones higiénico-sanitarias lamentables, presentando parásitos por todo el cuerpo (garrapatas, moscas, gusanos…), permaneciendo tendido sobre sus propios excrementos y orines, observándose que padecía un gran sufrimiento». Ahora, abriguen el silencio que acompaña a la conmiseración y al vacío que deja en el cuerpo recordar la capacidad del hombre en la maldad.

¿Triste? ¿Desolador? ¿Cruel? Califíquenlo como quieran. He pensado en todas los adjetivos que podrían designar al culpable —prefiero no escribir determinadas palabras que el lector puede, perfectamente, saber. Una pista: es una frase que empieza por hijo de perra—. Hay veces que uno no encuentra las palabras. O que no quiere decirlas. Además, el inocente no se encontraba solo; treinta y siete más aparecieron en estados similares —no tan grave—. Me sorprende, también, que sea en la tierra que me ha tocado crecer, en Vélez-Málaga. La próxima vez que alguno de estos seres tan cariñosos y, en el buen sentido de la palabra, buenos me mire a la cara, yo tendré que orientar mi mirada a otro lugar, al de la vergüenza de tener semejantes así. No podré sostener su mirada de confusión y curiosidad, de pureza y hermandad. No sé por qué me sigue extrañando que el sacrificado sea la víctima y no el culpable. No seré yo quien sugiera para el responsable la eutanasia programática, pero si la ofrecen a lo mejor no me opongo.

Con la muerte del día y el nacimiento de la aurora pienso en los perros inocentes, y en los culpables hijos de perra.

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