Columnismo

Acostándonos con la censura

27.04.2018 @RubenKaki 3 minutos

“Me cago en Dios y en tu religión que ha condenado a miles de personas al crematorio en nombre de una ideología, me cago en los Borbones, que ven desde su sillón de oro como su pueblo perece de hambre, me cago en tu partido político, que roba a espuertas para dejar a ancianos en la calle sin casa ni pensiones y me sigue sobrando mierda para rociar todos aquellos cuerpos policiales que durante las manifestaciones agitan la porra contra estudiantes”

Si este hipotético verso fuera escrito por un rapero, probablemente ya estaría en la cárcel. Imaginaos el momento de la detención, y si no, ya os lo recreo yo:

TOC TOC. Puedo ver a un  par de agentes de la ley bien uniformados a través de la mirilla. A juzgar por la camisa y la chaqueta, la habían planchado esa misma mañana…y eso que aún ni eran las nueve de la mañana. Tenía el café encima del escritorio y las legañas encima de las pestañas. Se me iba a enfriar. TOC TOC. A veces me perdía en mis pensamientos. A veces, cuando estaba a solas. Ahora seguro no, ya estaban dos policías para guiarme por el camino del bien, ese que había cruzado al escribir palabras. Para la próxima me cagaré también en el profesor que me enseñó ortografía. Te será útil, decía. TOC TOC. “Sabemos que está ahí, abra”. Escuché. Joder, pues eran listos y todo.

Quitándome los últimos retazos de baba seca en mi comisura abrí. La mirada dubitativa de los agentes entre ellos cuando la puerta destapó mi figura me dio señales de lo que pensaban: “Pensarán que eres un heroinómano que le da caramelos con drogas a los niños, con suerte me imputarían menos delitos que por escribir” Y entonces sus facciones cambiaron. “¡Tiene un bolígrafo en su oreja!” Gritó la uniformada mujer rubia y acto seguido ambos sacaron sus reglamentarias pistolas. Y yo que el único cañón que había visto era el de los barcos de Pirata del Caribe. No me meé encima porque ya había echado el mañanero en aquella taza no tan blanca, de la que colgaba algún que otro vello no tan bello.

-¡Tranquilos, solo pensaba escribir una canci..!

No llegué a terminar de levantar las manos cuando CLICK. CLICK. CLICK. El plomo me atravesó el pecho. Tres disparos me hicieron retroceder varios pasos de bebé hasta chocar contra la puerta. Las fuerzas se escaparon por los agujeros de las balas y me desangré intentando aferrarme a la puerta. Lo último que recuerdo es la alfombrilla que compré con la frase: “Que nadie nos calle” manchada de mi sangre. Solo quedó legible: “Que nos calle”

Abandonamos la hiperbólica historia de Jesús, el rapero acribillado por una policía política para reincidir en la realidad, que puede llegar a este extremo si no subimos al carro de la cordura. Ese carro que antes estaba comandado por la idea democrática de libertad de expresión y que ahora parece un simple espectro que vaga entre la sociedad. ¡Eh, sigo aquí eh! Dice entre los susurros de las mentes que aún quieren escucharlo. Pero la realidad es que es inerte, transparente como una suave brisa. Con cada condena por injurias a la corona, por cada banalización de la  definición de terrorismo, en cada juicio de ofensas al sentimiento religioso se vuelve más traslúcida. Llegará un punto en el que solo sea un recuerdo de aquellos que una vez la disfrutaron.

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