Columnismo

Agenda oculta

06.11.2017 4 minutos

Las agendas deben ser  respetadas, por eso no hay que usarlas nunca. Entre sus hojas se solapan los días de un año entero, con sus temidos lunes y sus ansiados puentes. Es mejor dejarlas en blanco, abandonadas en el bolsillo pequeño de la mochila o en el cajón de la mesita de noche. En mi etapa de estudiante universitario, solía descargarme el calendario de exámenes en PDF con tal de preservar la virginidad de esa pobre agenda que algún allegado menesteroso me había regalado con su buena fe. Los planes surgen solos, al calor de las casualidades y las incidencias cotidianas. No debemos forzarlos. Corremos el riesgo de verlos cumplidos: una boda, una hipoteca, un trabajo en Ryanair… Ayer empecé el día leyendo las cartas de Faulkner y terminé bebiendo tequila con P, ex compañera de trabajo y referente moral. De hecho, Faulkner y su esposa están enterrados en el cementerio de Saint Peter, y algunos admiradores le rinden homenaje derramando güisqui sobre su tumba. Todo empezó a torcerse deliciosamente con un mensaje de J a las ocho de la tarde. Había salido del trabajo y le apetecía tomarse unas cervezas antes de volver a casa. Esas proposiciones son peligrosas, conllevan unos riesgos desconocidos que terminas asumiendo con gusto. Como esas chicas que son invitadas a ver una película en casa de Fulanito cuando los padres de este están pasando unos días de asueto en la Manga del Mar Menor.

Llegamos al mismo tiempo y nos fundimos en un efusivo abrazo, rememorando las contadas ocasiones en las que coincidimos a pesar de vivir en la misma casa. J pagó la primera ronda y yo salí a la terraza, en busca de una mesa libre. La tarde había mejorado paulatinamente. Las nubes se habían batido en retirada, cediéndole el sitio a un sol saliente y anaranjado bajo un cielo de tonos violetas y azules . Hacía una temperatura agradable, suave y animosa. Y soplaba un viento animoso y juguetón, que rondaba las calles despeinando a las chicas y zarandeando los farolillos de los veladores.

J, empeñado en honrar la memoria de Gonzalo Fernández de Córdoba, me propuso cenar en una pizzería para conquistar el corazón de una camarera italiana, guapa y risueña, de ojos almendrados y labios carnosos. Me acordé de La Malinche, concubina, consejera e intérprete de Hernán Cortés, clave en la conquista de México por su papel de mediadora entre los españoles y los indígenas. Las mujeres, como siempre, fundamentales en los momentos estelares de la humanidad, desde la expansión de un imperio hasta la cena de dos inmigrantes ociosos. Al llegar a nuestro destino, descubrimos que la chica tenía el día libre. Pero J no desperdició la oportunidad y, tras una ardua labor de investigación que consistió en un par de preguntas al camarero de turno, se enteró cuándo volvería al trabajo su particular Beatriz Portinari. A la salida, caminamos por la avenida y nos refugiamos en un pub. Detrás de la barra estaba P, nos dimos un abrazo y charlamos sobre nuestras vivencias en la cafetería. Nos invitó a un chupito que acababa de inventar y nos sirvió un par de botellines. El local estaba relativamente animado para ser un martes cualquiera. Nos sentamos en la esquina de un sofá y nos dejamos llevar por el transcurso de la noche, entre estrofas de Carlos Vives, tragos de cerveza y chicas rumbosas. Cuando me disponía a pedir la penúltima, me palpé los bolsillos y advertí que me había dejado la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Volví al sofá y me encontré a J conversando con un grupo de cuatro españolas, todas ellas enfermeras de unos veintitantos años. En ese momento dudé entre salir del pub o seguir bebiendo chupitos con P, acosado en la barra como Homer Simpson en el bar de Moe. Una de las chicas, una gallega morena, delgada y locuaz, empezó a tocar las palmas, y J le reprochó que no sabía hacerlo. Que eso debería dejárselo a los andaluces. Ella le respondió que los andaluces no saben hablar. En ese instante, decidí romper mi voto de silencio y le dije que a Vicente Aleixandre y a Juan Ramón Jiménez les dieron el Nobel de Literatura por esa razón. Y le pedí que me enseñara a hablar y a distribuir cocaína. Sus amigas se rieron, y una aplaudió tímidamente. Ella encajó el golpe con dignidad y conservó el sentido del humor. Al final, enterramos el hacha de guerra, apostando por un exilio centralizado, basado en la cooperación y el entendimiento entre nacionalidades y comunidades autónomas. Nada de esto habría ocurrido si hubiera plasmado mis planes en una agenda.

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