Columnismo

Aquí, modificando el Sáhara

12.12.2016 2 minutos

En la entrada del edificio de La Sexta hay una puerta giratoria. Pero no es una puerta giratoria cualquiera. Por ella entran personas vestidas de periodistas y salen con el traje de superhéroe puesto. A veces cuando veo La Sexta se me hace difícil distinguir a Clark Kent de Superman. Suele decir irónicamente Fel Blan que los políticos nos metieron en la crisis pero los periodistas nos sacarán de ella. Y es que hay cierta corriente periodística que parece que se ha escapado de las páginas de un cómic y se ha puesto a acampar en las redacciones. Esta tendencia por sacralizar el periodismo otorga a sus adalides una superioridad moral y un aura mística que los hace levitar sobre el común de los mortales. Es la consecuencia natural de confundir el periodismo con la epopeya.

Hay una frase por ahí de Chesterton que dice que a algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino que los revelan. Cuando santificas una profesión, el interés surgido de esa labor queda supeditado a un interés mayor; un interés en este caso que se sitúa por encima del bien y del mal. De este modo, merece la pena correr el riesgo de utilizar la información como salvoconducto para abrazar «causas más nobles». Por tanto, esta utilización torticera del poder mediático convierte a las noticias en armas arrojadizas y a la opinión en información. Envolverse en la bandera del sectarismo no acarrea problemas de conciencia cuando vives en un limbo ético. El lema de este periodismo mesiánico bien podría ser el del Team Rocket: «Para proteger al mundo de la devastación, para unir a todos los pueblos en una sola nación, para denunciar a los enemigos de la verdad y el amor, para extender nuestro poder más allá del espacio exterior».

Además, cualquier gesto de estos periodistas, por minúsculo que sea, se tiende a sobredimensionar ya que gozan de cierto timbre de gloria. Siempre que los veo, tan ocupados ellos en salvar al mundo de las garras de la barbarie, me acuerdo de Borges junto a las pirámides de Egipto, cuando dejando escurrir entre sus dedos un puñado de arena pronunció aquella frase genial: «Estoy modificando el Sahara». Ahora, mientras me dirijo a La Sexta a entregar mi currículum, me tranquiliza saber que hay gente como Fel Blan o Antonio Lucas que están luchando en la última frontera para evitar que la democracia infarte. Al fin y al cabo, esto del periodismo no es más que una excusa para poder colgarme mi capa de superhéroe.

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