Columnismo

Arena de otro mar

Una noche flamenca en Madrid

03.10.2017 @marisabellucas 2 minutos

Ocurre que en pleno corazón de Madrid se encuentra un lugar que te sirve para ver directos de jazz, flamenco, soul, o poesía. El día que yo asistí al Café Berlín lo hice con la torpeza y la ilusión que le provoca a alguien indagar en algo desconocido pero con una finalidad que excusaba lo demás. Esa misma noche pude conocer más de cerca el flamenco gracias al guitarrista Paco Soto Ivars y al cantaor Antonio Suárez Salazar “Guadiana”. Nunca nadie me ha tomado en serio cuando digo que estudio Periodismo, pero ellos me llamaban periodista y una ha de ejercer, así que saque la grabadora y comencé a grabar y a preguntar. Tras ello, el concierto.

Esa noche iba a actuar Guadiana junto a Diego del Morao a la guitarra. El cantaor, pese a su larga carrera, se mostraba nervioso: “Quiero hacerlo bien, ¿crees que vendrá gente a vernos?”. Y así fue como la sala se desvistió del concierto de jazz anterior para dar comienzo al espectáculo flamenco.  Entre el público se escuchaba: “¡Qué bien está Guadiana!”, “Hacía tiempo no veía a 'Guadi' tan emocionado cantando”y todo ello con el decoro de los olés y la brillantez de un Diego del Morao que lucía y tocaba la guitarra de su padre Moraito.  Y entre todos los ojos, la mirada de Tomatito al otro lado de la barra. Antes de verle pude escuchar su risa cuando en mi intento de pedir una cerveza a un camarero se la pedí a un señor que guarda en casa dos grammys. Se trataba de Juan José Suarez “Paquete”, quien hizo todo lo posible para buscarme esa cerveza. Mientras, Tomate no paraba de reír y disparó: “Muchacha, ¿tú qué?” Paisanos ambos, en seguida nos reconocimos en nuestro acento.

La noche fue larga como lo son todas las noches entre flamencos. Cuando la sala cobra el aspecto de discoteca, los flamencos buscan cualquier lugar donde seguir su propia fiesta. Se comienza en un escenario y se termina en los camerinos o incluso, como fue el caso, en la propia cocina del local, donde ni el humo ni el alcohol faltaron, pero tampoco la alegría. La noche se fue consumiendo y el cigarrillo entre los dedos también y fue entonces cuando le pregunté a Paco Soto qué se conseguía con tanto whisky y tanto tabaco. “A eso le sumas el arte y se consigue que los gitanos canten bien”, dijo. Lo que se vivía allí no era más que la espontaneidad de quién  se siente libre en algo tan natural como lo es el flamenco. Y qué bien sonaba.

Etiquetas Etiquetas
Artículo anterior Artículo siguiente