Columnismo

Barcelona

27.04.2016 @SaraRaccoon 3 minutos

Cuando llegues aquí, no mires hacia abajo. Éste es el mejor consejo que te puedo dar, porque en el mismo momento en el que entres en la ciudad, comenzarás a ser invisible. Mirarás los escaparates reventados de ropa que te dice cuánto vales, las bocas de metro que parecen haber olvidado hablar, indigentes alcoholizados frente a los grandes Bancos, los grandes Bancos anunciando gin-tonics a 10 euros en el menú del restaurante, el chaval que le guiña el ojo a una rubia que pasa mientras abraza a su novia, y turistas equipados con sombreros de mariachi y cuatro jarras de Don Simón que el camarero les ha vendido como “sangría typical spanish”. Esta ciudad es a menudo un cementerio enorme de gente que ha dejado de mirar hacia arriba y tiene los ojos nublados de puro olvido. Se ha convertido en una suerte de maqueta a tamaño natural, plagada de edificios sin alma ni leyenda, que han sido construidos para rellenar el álbum de fotos familiar con paisajes asépticos.

Y tú serás invisible si caes en esa trampa.

Tu deber, si vienes, es llevar a cabo el pequeño acto revolucionario e irreverente de mirar hacia arriba, de prestar atención a las fachadas de los edificios, a todo el arte que adorna sus esquinas, y retar con la mirada al cielo de Barcelona desde lo alto de Montjuïc. Aléjate de las Ramblas y de los monumentos que aparecen en los mapas; has de coger los libros que han sido escritos en, para o sobre la ciudad condal y descubrir por qué esos lugares son dignos de tener su propia literatura, por qué llevan escritas en sus entrañas las historias que pronto dejarán de ser ajenas para ti. Debes tratar a la ciudad como a una pareja que ha caído en la rutina: explora y lame sus rincones, encuentra lo bello en lo que se ha condenado al olvido, y sobre todo toma distancia de vez en cuando para echarla de menos.

Pero te advierto: Barcelona quema y tú, como todos, cederás al incendio. Siempre he vuelto, como reza la canción, a los viejos sitios donde amé la vida, en un eterno retorno que mantiene imantado mi cuerpo a los recuerdos. Incluso cuando no he trazado un camino, me he sorprendido a mí misma atravesando violentamente lo más crudo de mi memoria. Los mitos que, mentalmente, he elaborado de cada calle contienen todos los dolores que algún día fueron nuevos, y todas las veces que enseñé los colmillos a carcajadas, con la simple felicidad que posee a menudo el idiota.

Balmes ha visto, durante días y noches, cómo me rompía en mil pedazos, llorándole a sus aceras infinitas, mientras que ese oasis de tranquilidad que es la plaza de Sant Felip Neri me ha salvado en numerosas ocasiones del colapso absoluto; en Vía Laietana comencé a tener fe en los amores, y probablemente la perdí casi toda buscando algún bus nocturno de camino a casa, por la calle Pelayo. He aquí parte de mi recorrido tragicómico de marca blanca a través de la ciudad (tal vez debería hacer de ello una ruta turística).

Me refiero con todo esto a que, en el preciso instante en que dejé de ser invisible para Barcelona, cuando comencé a llenar de notas al pie todos esos lugares, fue cuando la ciudad empezó a doler. Y de repente noto que me ha quemado, o al menos admito que yo he cedido al incendio. A decir verdad, a todo el mundo se le debería conceder al menos una vez la posibilidad de que Barcelona te duela, porque es un dolor de vida, que incita al cambio y al movimiento, y nos hace hervir la sangre. Ahora me veo buscando un nuevo nido al que prender fuego con mis ansias de escribir historias, luchando otra vez por ser Yo por encima de cualquier ciudad. Mientras se desarrolla la batalla, me conformo con que tú, ya seas viajero o residente, mires hacia arriba cuando estés en Barcelona, y aceptes el reto de encontrar mi lugar secreto de la Calle Paraíso.

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