Columnismo

Buscando el sur

Banderas

08.11.2017 @JPedrosa97 2 minutos

El frío ha llegado a Burdeos sin avisar. Sin dejarnos tiempo para adaptarnos. Como cuando tu novia te deja el día que ibas a pedirle matrimonio. No iba a funcionar, dice ella. Era perfecto, piensas tú. Normalmente es ella la que está más acertada. Igual que el frío llegó la polémica camiseta de Adidas, que representa más que una camiseta una guerra de banderas. A media mañana abrí mis redes sociales y vi la camiseta que se asemejaba mucho a la del 94. Roja con robos amarillos y azules, pero la fatalidad hizo que la adición de colores haga que el azul se confunda con morado. La bandera republicana representada y la polémica montada. Ambos extremos de la clase política babearon del gusto ante su premio del día. Ya decía Soto Ivars que los haters viven esperando la carnaza que elevar a trending topic y razón no le faltaba. En el juego de las banderitas Pablo Iglesias reía cual bufón intentando hacer rabiar a los inflamables patriotas que quisieran leerlo. Patriotas que no tardaron en prender la mecha republicana del odio a lo que no compartimos. Y Adidas frotándose las manos ante tamaña campaña de marketing por la patilla. Campaña que la alemana alimenta cancelando la presentación de la misma.

Un juego de banderitas en el que se siente muy cómodo Puigdemont, que se ha alzado con el título al mayor estratega patrio en lo que va de siglo. El más hipócrita también. Parece de chiste que tras proclamar una república en Cataluña cogiese un avión a Bruselas, una de las ciudades fuertes de la Unión Europea, en la que Cataluña no podría entrar después de la DUI. Bruselas, capital de una la unionista Bélgica, cuando podría haber ido a cualquier ciudad de su siempre favorable Flandes separatista. Sólo encuentro dos explicaciones a esta extraña elección de ciudad, bien ha aprovechado las conexiones de Ryanair en  Charleroi, bien ha encontrado un peluquero en Bruselas que le haga un look similar al del Manneken Pis.

Carmena llamaba este domingo –antes de que Montoro interviniese las cuentas de su ayuntamiento– a amar a los catalanes, no a pegarles. En el crucero de Piolín podrían haber ido osos amorosos en vez de policías. En redes hubiese sido más divertido y a los independentistas les hubiese jodido la campaña de marketing. Hubiésemos dejado de jugar a las banderitas, al menos por unos días.

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