Columnismo

Buscando el sur

Desde la orilla

29.03.2017 @JPedrosa97 2 minutos

Yo, que me he criado a pie de un paraíso en la arena, había olvidado la sensación que produce sentarte frente al mar sin hacer nada. Había olvidado el efecto que surtía en mí el incomparable sonido de los amarres del muelle en un día de mar agitado. El clamor al cielo de las hambrientas gaviotas surcando el horizonte. La tenue luz del atardecer reflejado en las olas. La sombra del faro guiando mis pasos. ¡Yo, que tengo sangre marinera, había olvidado eso! Me había aburguesado y acomodado entre las calles adoquinadas de la ciudad y sus aburridos transportes sin tambaleo. Había cambiado el olor a ladrillo por mi querido olor a sal. La dura calzada por la suave arena. La sucia polución por la reparadora brisa marina. Un sinsentido viviendo a caballo entre dos ciudades que respiran por su puerto. De Marbella a Málaga incluso la carretera pasa bordeando la costa porque no se quiere alejar. Y yo, interno en una espiral abrumadora, me había olvidado de mi querido hábitat natural para enrolarme en el barullo de la ciudad.

Me tuvo que ayudar a recordarlo una cordobesa de la campiña. Y, mientras le agradecía haberme devuelto al sitio de donde no me debería haber ido, ella parecía no comprenderme. “Se nota que te has criado en la playa”, decía. Mirando casi indiferente por el visor de su cámara. Su única preocupación era que saliesen fotos bonitas. No entendía el mar. Su comunicación era inexistente. Aquel que se ha criado junto a la orilla sabe que el mar te calma, te responde y te da soluciones en  momentos de duda. El mar es el sitio donde peregrinar en los buenos y en los malos momentos. El que ha crecido con sal en la piel y ha pasado los veranos tostado sabe que el mar te abraza en momentos de desasosiego. Y que al mar hay que ir a visitarlo siempre que puedas. Aunque sólo sea para saludarlo. El maestro Alcántara, que sabe de esto muchísimo más que yo, venía de Madrid a su querida Málaga sólo para verlo. Porque el que nace viendo el mar lo necesita de por vida. Por eso en cuanto pudo volvió a su tierra. A contar gaviotas desde su balcón escuchando las olas del mar acariciar la arena.

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