Columnismo

Buscando el sur

El 1 de mayo murió bajo esos adoquines

02.05.2018 @JPedrosa97 2 minutos

He descubierto que Francia, a pesar de decirse laico, sigue una religión con la que todos los franceses comulgan. El 1 de mayo. El día del trabajador en Francia es tan importante que en una metropolis de casi millón y medio de habitantes y tan aburguesada como Burdeos el primer día del quinto mes de cada año para la ciudad. Ni un bus ni un tranvía ni un barco de transporte público salen de cocheras. Es la manera más eficiente de parar una ciudad que respira por su tranvía. Poco me sorprendería que cerrasen hasta los hoteles y a ciencia cierta sé que muchos restaurantes cierran completamente. Ni comprar tabaco pudo algún fumador. Qué clase de sociedad es esta que no te deja disfrutar de los vicios en un día de fiesta. Primer mundo lo llaman.
Por otra parte, parar el transporte público es la manera más eficiente de demostrar la brecha de clases que existe en Burdeos. Mientras que los mejor asentados económicamente viven en el centro de la ciudad o bien tienen coche los más desfavorecidos dependen del transporte público para acudir a diario a sus quehaceres, puesto que veinte minutos de tranvía se convierten fácilmente en dos horas y media a pie. Así inutilizar el transporte público es casi sinónimo de arresto domiciliario para aquellos a los que le sobra mucho mes al final de sus sueldos.

Hace ya cincuenta años que murieron las reivindicaciones de aquel mes de mayo bajo los adoquines de París que cada vez están mejor fijados. Las festividades están perdiendo su raíz para convertirse en simples fiestas que aprovechar para viajar y postearlo en las redes. Malditas redes dirán los que no entienden que son simples herramientas. Que como el dinero lo único que hacen es darle espacio a nuestra personalidad para que ensanche a su placer. Hoy, dos de mayo, celebran en Madrid que se rebelaron contra los franceses. Quién mejor lo representó fue don Francisco de Goya y Lucientes, que tuvo que exiliarse a Burdeos por afrancesado temiendo las represalias. En la ciudad del vino murió y perdió –literalmente– la cabeza, antes de volver a España para descansar eternamente. Pero eso es otra historia

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