Columnismo

Buscando el sur

Esperar

12.04.2017 @JPedrosa97 3 minutos

No me gusta esperar, sí, ya sé que no es nada raro. Es más, es muy común. Más bien diría que odio esperar. Y es algo que suelo hacer mucho porque tengo la extraña manía de ser puntual. Incluso de llegar con tiempo a los sitios. En España. Sí, eso sí es muy inusual. Y aún sabiéndolo sigo llegando con tiempo a mis citas. Creo que, iluso de mí, sigo esperando que un día alguien me sorprenda y sea tan puntual como yo. Pocas sorpresas me he llevado últimamente. Lo curioso de todo esto es que me gusta aún menos que me esperen. Creo que es un defecto que tenemos todos los que odiamos esperar. Por eso siempre que llego tarde aviso con el máximo tiempo posible a la persona con la que me he citado. Y siempre que llego tarde invito yo. Es un pequeño gesto que me gusta tener con mis allegados.

Lo que más me molesta de esperar no es como muchos piensan que me lo tome como una falta de respeto hacia la persona que espera –en este caso yo–, sino que suelo vivir la espera muy tenso. Lo primero que hago es comprobar el móvil para ver si me ha llegado algún mensaje de mi futuro acompañante. No suele haber mensajes con un "llego tarde" y cuando los hay, pido un café porque la espera se va a tornar larga. Después compruebo las demás redes sociales sin prestarles demasiada atención, estoy más pendiente de si quién espero estará cruzando la esquina contigua o no. Tras esto doy pequeños paseos en círculo con las manos en los bolsillos o espero apoyado en un muro, una barandilla o una farola en el caso de que la haya. Y cuando llega mi cita y me pregunta por la espera siempre miento: "no te preocupes, no he esperado mucho".

Lo más curioso de todo esto es que mis amigos son quiénes más me hacen esperar siempre. Empezando por las reuniones de este proyecto, que, pese al hastío de los pocos puntuales, siempre comienzan con una media de media hora de retraso. Otra persona por la que he esperado horas a la intemperie es mi amiga Marina, a veces incluso en su portal he pensado que nunca iba a abrirme la puerta. Mi compañero de piso, Cristian, arreglándose el tupé antes de salir a comprar. Álvaro, en todas y cada una de las ocasiones en las que ha tenido la oportunidad. Pilar, antes de recogerme para ir a cenar. Alex, a la que le encanta la cerveza, pero le cuesta decidirse a la hora de vestirse. O a Laube, y su cigarrito de antes de entrar a clase. Y lo más irónico de todo esto es que a ellos no me importa esperarlos. No me pesa. Se me olvida en cuanto los veo llegar. Negaré que lo he escrito, pero, por ellos, incluso, disfruto esperando.

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