Columnismo

Buscando el sur

Nostalgia

25.11.2016 @JPedrosa97 2 minutos

Ha llegado la Navidad. Ya es oficial. Las calles están alumbradas y El Corte Inglés ya ha empezado su promoción. Al menos en Málaga, anoche se encendieron las luces entre villancicos, jolgorio y flashes. Han vuelto a bajar el cielo a calle Larios. Nos lo han acercado al lugar donde se encuentra todo el año, aunque no lo veamos. Y con la Navidad llega la nostalgia. Vuelve el turrón a la mesa camilla, con los polvorones y los mantecados. Ofrecidos a todo aquel que llegue a casa para celebrar estas fechas en las que el frío de la calle contrasta con el calor de la compañía. Es época de rehacer la maleta que hicimos en septiembre y volver a casa con más apuntes y la maleta cargada de experiencias que compartir bañadas en buen vino. Es época de películas enternecedoras durante la sobremesa. Es época de salir abrigado hasta las cejas y disfrutar de un paseo mientras anochece. Es época de chocolate caliente y de recordar a aquellos que estuvieron y que ya no pueden estar. Es época de nostalgia.

Nostalgia que nos inunda tanto como nos inundaban las canciones de Freddie Mercury, del que hacen 25 años de su muerte y Soto Ivars dice que cuando era un infante le daba miedo pillar el sida por escuchar los discos de Queen. Los efectos de la ignorancia se multiplican en la infancia, época en la que somos demasiado crédulos para cuestionar los bulos, cuando no lo demasiado imaginativos para crearlos nosotros mismos. Y esa ignorancia sólo se cura leyendo, leyendo tanto como leyó en vida Marcos Ana, insigne poeta que falleció ayer a los 96 años, después de estar recluso 23 años por cuestiones políticas, más que ningún otro preso durante la dictadura franquista. Desde la cárcel empezó a escribir sus poemas, que conseguía trasladar mediante algún funcionario o haciendo que un compañero se los aprendiese de memoria cuando estaba próxima su salida. Le contaba, también a Soto Ivars, que en la cárcel sólo le dejaban leer, y cuando le preguntaba si no lo había aborrecido, él, rodeado de sus libros, respondía que no. Por eso esta humilde columna, llena de nostalgia la escribo en su honor. (No puedo seguir: escucho los pasos del funcionario).

Etiquetas, , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente