Columnismo

Buscando el sur

Para toda la vida

14.10.2016 @JPedrosa97 2 minutos

Es un hecho más que comprobado que la sal de nuestra vida es la compañía. Prueba de ello es que desde el jardín de infancia buscamos alguien con quien jugar. En el colegio la historia se repite y hay quien tiene la suerte de encontrar a su mejor amigo en el patio del recreo entre bocadillos, carreras y risas. Cuando aún se es demasiado pequeño como para saber qué son las preocupaciones y el mundo se acaba cuando se apaga la luz de tu cuarto. Hay quien lo encuentra ya en el instituto viviendo a la vez las nuevas experiencias que trae esta etapa. Cuando empiezas a quedar con ellos fuera de las cuatro paredes de la clase y vives con ellos muchas de tus primeras veces. Cuando tus hormonas están desatadas y el acné es parte de tu día a día. Hay quien lo encuentra en la facultad, ya entre apuntes y cervezas. En esa que dicen que es la etapa más bonita de la vida.

Pero cuando los conozcas es lo de menos cuando el lazo que os une verdadero. Cuando pase lo que pase sabes que podrás contar con él. Ya decía Risto que el buen amigo es como las farolas, que siempre está ahí, a un lado, sin molestar, pero cuando le necesitas siempre ilumina tu camino. Dicen también que por ellos no pasa el tiempo ni la distancia. Que todo vuelve a ser lo mismo cuando os veis de nuevo así pasen los meses, los años u os separen cantidades ingentes de kilómetros. Que cuando estás con ellos da igual donde estés que siempre te sientes en casa. Que los buenos amigos son los que estás en los brindis con cerveza helada, disfrutando hasta el amanecer en la playa o cuando lo que recorre agua salada son tus mejillas. Que cuando no estás con ellos no te ríes tan alto ni disfrutas tanto. Que sin ellos la vida es un poco menos.

Que no hay mayor desgracia que no saber lo que es no tener o no haber tenido un mejor amigo. Suena a tópico cuando dicen que el que tiene un amigo tiene un tesoro, a frase manida y repetidísima. Y yo, que he bebido de la copa de la soledad, os puedo asegurar que no hay mayor tesoro que acabar en estado de ebriedad siempre que bebes de la amistad.

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