Columnismo

Buscando el sur

Un barco llamado España

04.11.2016 @JPedrosa97 2 minutos

Yo, que aún me considero un iluso, tenía cierta esperanza en la repartición de carteras de Mariano Rajoy, igual que tengo cierta esperanza en el futuro de España. Pensaba que el gallego acertaría en los ministerios clave, al menos. En los que le han dado ciertos quebraderos de cabeza en la pasada legislatura se esforzaría más. Pero, como siempre, la realidad ha roto en pedacitos pequeños mi ilusión. Y me la ha roto cuando más me hacía falta, antes de una clase de esas a las que vas obligado por el Plan Bolonia.

El primer nombre que me ha llamado la atención es el de Zoido, el nuevo Ministro de Interior. Este sevillano, homófobo confeso, ha sido premiado con una cartera después de perder la alcaldía de Sevilla, aun habiendo ganado las elecciones. En cualquier país serio eso mismo hubiese servido para no recoger siquiera su maletín acreditativo. Es más, si hubiese sido de izquierdas así habría sido. Tenemos también un Ministro de Cultura que más bien parece de incultura, un ministro que no sabe cómo se llama en realidad don Quijote. España es ese país donde se puede ser ministro de Cultura sin conocer la obra más importante de la literatura castellana, por no decir la más importante de la literatura universal. Cervantes y sus coetáneos se revolverían en su tumba. Tenemos otro ministro, de Agenda Digital, que no tiene Twitter. Sería cómico si no fuese cierto. Seguramente sea más de MySpace.

España es de esos 'machos alfalfa' que le gustan representar a Nacho Vigalondo en sus películas, un "machito con el orgullo herido" que fue una de las primeras potencias mundiales política, económica y culturalmente, pero que no ha sabido estar nunca en el lado correcto de la mesa en las ocasiones importantes. Como en el Concilio de Trento o durante la Guerra de la Independencia. Y de aquellos fangos estos lodos. En ese momento expulsamos a los afrancesados y hoy tenemos un 21% de IVA cultural, mientras en Francia ayer concedieron los Premios Goncourt y Renaudot. Ni punto de comparación. Aquí escucho Gran Hermano de fondo mientras termino de teclear, allí los programas culturales arrasan en la parrilla televisiva. Y sólo nos separan los Pirineos.

Y yo que soy un iluso seguiré pensando que hay esperanza para España. La problemática es que no queremos solucionar el problema. O eso parece. A veces dicen que mejor malo conocido que bueno por conocer. Y mientras tanto España me recuerda a un barco desorientado y a punto de encallar.

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