Columnismo

Buscando el sur

Una Barcelona gótica y romántica

24.06.2016 @JPedrosa97 3 minutos

Por la megafonía del avión sonó el ya clásico: “Plieguen sus bandejas y pongan los respaldos de sus asientos en posición vertical. El avión está a punto de aterrizar”. Desde la ventanilla se divisaba ya tierra. Y también mar. En el aeropuerto los carteles rezaban la palabra “Salida” en tres idiomas: español, inglés y catalán. La ciudad condal me iba a acoger entre sus calles algunos días. Mi cara parecía la de un niño con zapatos nuevos, la esperanza de sumergirme en una ciudad en toda su profundidad solía causarme esa sensación que tiene un infante el día antes de ir a un campamento de verano.

Un taxi me llevó directo a un hotel en el barrio Gótico. La Catedral de Barcelona sería mi primera parada. El gran edificio gótico que se erigía ante mí imponía realmente. Lo primero que pasó por mi cabeza fue cómo sería La Sagrada Familia. Tras visitar la Catedral, mi siguiente destino sería el Parlamento. Según me acercaba a este señorial edificio se reforzaba lo que empezó siendo un tufillo a heces. Más tarde, descubriría que ese hedor no se desprendía del 3%, sino que se debía a la proximidad del Parlamento con el magnífico zoo de la ciudad. Decidí que el zoo sería un lugar más reconfortante para visitar. Recordé con pena que ya no disfrutaría de Copito de Nieve, del que guardaba un grato recuerdo infantil de una anterior visita. Entrando al zoo pensé que a lo mejor vería a algún parlamentario, confundido por la cercanía de los dos edificios. Solté una sonora carcajada que llamó la atención de mis acompañantes.

Por la noche, disfruté en un bar del partido que jugaba esa noche mi Málaga. Algún paisano me confundió con un ‘charnego’ en vez de con un turista. Cruzamos una mirada tensa y se fue. El resto de los catalanes con quien tuve la suerte de compartir partido se volvieron ‘boquerones’ por un día. Quizá tuvo algo que ver que el equipo ante el que se enfrentaban no causaba simpatía en la ciudad de los ‘periquitos’. El resultado del partido fue un par de amigos barceloneses que visitarían mi ciudad en poco tiempo y con los que sigo guardando una buena relación.

El último día de mi viaje me aguardaba una sorpresa en forma de musa. Mientras almorzaba en un restaurante con encanto del Ensanche mi mirada se cruzó con unos ojos color esmeralda que me llamaron poderosamente la atención. Mis labios dibujaron una sonrisa y mis ojos se desviaron hasta la suya. Sus dientes resplandecían entre sus carnosos labios color burdeos. Sus dedos envolvían un ejemplar firmado por Bécquer, el más famoso de los románticos me encandiló aún más situado entre sus manos. Pensé que me encantaría perder el avión y disfrutar con ella de Barcelona unos días más. Pero antes de que me pudiese levantar a hablar con ella llegó su cambio y con él se disiparon mis posibilidades con ella. Llegué al aeropuerto a tiempo, pero ella no salía de mi pensamiento. Si me hubiese levantado sólo 5 minutos antes podía haber cambiado la historia. O quizá no. Pero seguro quedará en mi memoria para siempre la duda de si hubiese podido compartir historia con ella. A lo mejor hubiese sido un fracaso. Puede que hubiese sido para siempre. Nadie lo sabrá nunca.

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