Columnismo

Café solo

Deposición de conocimientos

16.02.2016 @suvi 3 minutos

El 29 de septiembre de 2004 comencé a estudiar en la Universidad. No resten las fechas. Desde entonces han pasado más de once años, durante los cuales he estado estudiando en la Facultad de Ciencias de la Educación. El año pasado volví a la Universidad. Por casualidad fue también un 29 de septiembre —efeméride del nacimiento de Miguel de Cervantes, tocayo mío y escritor, en ese orden, puesto que en primer lugar fue el bautizo y después la profesión—, para estudiar Periodismo, causalidad por la cual, en este momento, me encuentro escribiendo estas palabras para ustedes, a quienes quiero decir que, desde hoy, tenéis mi cariño y mi respeto como mis lectoras y mis lectores. Finalizadas las presentaciones y expresados los sentimientos, volvamos al tema que nos ocupa: la Universidad. No les aburriré con una tediosa presentación sobre mi carrera académica. Mi intención es firmar una reflexión pedagógica acerca de mi experiencia en el regreso a la Universidad.

Las carreras universitarias ahora son grados. Ha cambiado el plan de estudios, pese a las manifestaciones estudiantiles contra el Plan Bolonia que recorrían las calles y que acampaban por las noches en las facultades y las escuelas universitarias. Protestábamos porque la Universidad pública no debía capitalizarse. No estábamos en contra de un Espacio Europeo de Educación Superior. Reivindicábamos que un nuevo plan de estudios debía proponer nuevas metodologías docentes y cambiar la gestión y la organización de la Universidad. Este decretazo no ha sido la única causa de los cambios en la Universidad. Durante estos once años, las tecnologías han revolucionado la comunicación; el mercado laboral se ha transformado, existen nuevas profesiones y las empresas valoran otras competencias profesionales; hemos sufrido una crisis económica, que ha empobrecido el poder adquisitivo de muchas personas y arrastrado al desempleo a demasiadas otras…

Tras las puertas de las aulas, los últimos once años desaparecen como en un "flashback". Una tarima que legitima la posición de autoridad del profesorado y pupitres para seis personas, fijos al suelo, que impiden el trabajo en grupo. Edificios nuevos, mobiliario tradicional. La ponderación mayor en la evaluación es un examen final sobre los contenidos de la asignatura. Paolo Freire, en Pedagogía del Oprimido, denomina educación bancaria al educador que deposita conocimientos en el educando: deposición —en su significado más escatológico, no sean prudentes con la semántica— de conocimientos. Las horas de prácticas no son tiempo de praxis, sino para fiscalizar y calificar tareas académicas que el alumnado realiza en grupo o individualmente, con escasa o nula tutorización del profesorado. Las mismas metodologías docentes que solo han cambiado el retroproyector y las transparencias por el proyector y las presentaciones; las carpetas de la copistería por el campus virtual… Las nuevas tecnologías asustan al profesorado, que en su incapacidad para enseñar sin una lección magistral —y que conste que soy partidario de las lecciones magistrales; pero, como su nombre indica, por los maestros de la materia (y las maestras, también hay eruditas en la Universidad) y no como metodología exclusiva— tiene miedo a que el alumnado no le preste atención. Lo que ocurre dentro de las aulas no evoluciona al ritmo de la realidad: en las aulas el móvil está prohibido, mientras incrementa el consumo de contenidos multipantalla; estudiamos en asignaturas estancas,  cuando en las empresas aumentan los proyectos interdepartamentales…

Paladeen. El gusto no es agradable. Tengo que pedir perdón a muchas personas que vienen a mi pensamiento en estas últimas líneas, porque sí se esfuerzan por la innovación educativa en la docencia universitaria. En otra ocasión escribiré sobre ellas. Será para darles las gracias. No quería dejarles con mal sabor de boca. Vuelvan a paladear. El gusto ahora es mejor. Hasta el martes que viene.

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