Columnismo

Cervantes en octubre

06.11.2017 @saxofonator 3 minutos

Estos días, este mes de octubre tan emocionante como triste, me ha venido a la cabeza en diferentes ocasiones una curiosa imagen que se tomó en junio. En aquel momento mereció el efímero revuelo que los tuiteros dan a cualquier cuestión medianamente seria. No llegó a ser carne de meme, pero algún retuit fácil se consiguió gracias al chiste ilustrado.

Méndez de Vigo se llevó a aquella ya lejana moción de censura dos libros: Tenemos que hablar de muchas cosas y Cervantes y el trasfondo jurídico del Quijote. Sobre el primero, recopilación de varias firmas celebrando el 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, poco que decir. Quizá que resultó osado el señor Ministro agarrando, haciendo suyo y disfrutando al oriolano, emblema cultural de la izquierda junto con Lorca. No sé a quién oí decir que, pese a ser un gran producto de marketing para cierto partido, cabía recordar que Lorca y su obra es de todos los españoles.

El segundo libro, Cervantes y el trasfondo jurídico del Quijote, me pareció más simbólico, más ejemplar. Méndez de Vigo lo empuñó durante la intervención de Irene Montero. No lo ocultó. Bajó su mirada y su atención de la tribuna y se acomodó para leer, como si acabara de subirse al metro en Banco de España. No era Alí Babá y los 40 ladrones, como ironizó Montero posteriormente. Lo de "trasfondo jurídico" suena duro, áspero y sesudo.

La moción, mientras tanto, seguía. Albert Rivera y Pablo Iglesias sacaron pecho citando respectivamente a Camus y Solé Tura. La pelea, no obstante, bajó al barro y se acabó discutiendo sobre la correcta pronunciación de ambos apellidos. Méndez de Vigo, imagino, levantaría de vez en cuando la mirada, por encima de las gafas, para lograr más motivos para seguir leyendo y silenciar el resto del mundo.

Decía anteriormente que esta foto me pareció icónica y que he pensado mucho en ella últimamente. Ha sido un octubre difícil, extraño. Yo quería ver la etapa tranquila y muriente de las hojas doradas cayendo sobre montones ya secos de plantas, pero me han aparecido cuatro locos con motosierras devastando el transcurso del otoño. Hoy considero rutinarias y normales ciertas cosas que hace un mes veía imposibles. Ha desaparecido la cordura, el sentido. Han matado la democracia y han bailado antorcha en mano sobre ella.

Se inventaron un relato psicodélico y deforme, vieron gigantes enemigos en el progreso. Les prometieron bellas princesas, cuando solo se estaban acercando a las fauces de un pantano mohoso y muerto. Así nacería todo en este nuevo mundo prometido: muerto.

Suele decirse que no hay nada más español que el Quijote, pero se está demostrando que nuestro hidalgo podría ser un independentista iracundo y delirante. Y ayer, para rematar, el nacionalismo más enfermo murió en cama por locura, por desborde.

Cervantes retrató la patética furia del que pierde el norte. Pero Cataluña es algo más. Es el surrealismo de Dalí hecho carne. Es la imposibilidad estructural de Gaudí. Y es lo único que mantiene vivo, como bien tuiteó el sábado Carlos Mayoral, a un señor con larga barba que ya ha cumplido 151 años y sigue con nosotros. Su nombre, Ramón María.

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