Columnismo

Cómplices

18.02.2018 @santiago_mruiz 3 minutos

Es un día de una primavera de broma porque es febrero, pero el sol lame el suelo con la misma fuerza con la que lo haría en mayo. Son las once de la mañana de un miércoles o jueves. Los veinte grados de esta primavera de incógnito se agradecen para los afines a la cálida Málaga, que espera saber si el actual alcalde se presentará a la reelección y si su equipo de fútbol competirá en segunda la próxima temporada. No muy lejos del campus universitario de Teatinos hay un lago que dota de algo de belleza la aridez de toda la zona que no posee demasiado encanto. El  lugar es agradable, hay árboles, el verde goza de una presencia decenta para el lugar en el que se encuentra y los pájaros pían y se divierten en los olivos que pueblan el parque que hay en derredor del lago, donde los patos, a su vez, chapuzan tan graciosos. A lo largo del camino que rodea la laguna, hay personas que pasean, que corren, deambulan con sus perros y parejas que van de la mano. La mañana se deja disfrutar plácidamente. El lugar parece un refugio del mundo exterior. Un último reducto de la naturaleza en la ciudad contaminada y contaminante. De hecho, al lado se localiza una subestación eléctrica que impide la abstracción total.

Y por segundo o tercer día consecutivo, los veo. Ahí están, de nuevo. Serios y cariñosos. Él es alto y con la piel rojiza, misericorde y delicado; ella, con pelo corto y menuda, contemplativa e indulgente. Las arrugas desbordan sus visajes. ¿Setenta? Quizá sean los años que tienen, o en los que se mueven. Pero los gestos y maneras que los caracterizan se corresponden más a la de un juventud que ya pasó pero que no ha muerto y, acaso, ya no lo hará, o eso se podría decir. Yo, entre tanto, observo. Curioso por el aura que desprenden a su entorno. Ahora, él se sienta y le susurra algo a ella, y sonríen de una forma leve, como si fuera un comentario recurrente o anécdota que, por ser mucho más largo el camino recorrido que el que queda por andar, es inevitable volverse y mirar para poder tener algo que contar. Parece que en sus mentes se encuentran más presentes los recuerdo que los proyectos futuros.  Están cogidos de la mano. El tiempo no parece haber pasado. Ignoro cuánto ha pasado desde que se sentaron. Pero el calor arrecia. Entonces él se levanta, quiere coger algo de una pequeña mochila que lleva ella y se le cae algo. Se agacha sin apenas esfuerzo y al colocarlo se le cae otra cosa; entretanto, ella lo mira comprensiva y calla. Se cogen de nuevo la mano y se sueltan sin ningún reparo, quizá es mejor hacerlo de forma cortante y algo fría. Sus rostros parecen algo contrariados. Él se agarra a los mangos y se vuelven. Parecen enfadados, creo, porque ya no pueden pasear cogidos de la mano. Él empuja la silla de ruedas y ella se inclina para ofrecerle una mirada cómplice que él devuelve con la leve sonrisa de antes, pero con una mirada juvenil y cariñosa. Y se van recordando los caminos de antaño.

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