Columnismo

Con azotes y a lo loco

04.04.2016 @SixtoTLR 3 minutos

La portavoz de Ahora Madrid en el Ayuntamiento de la capital, Rita Maestre, fue condenada hace unas semanas por profanar el templo cristiano de la Universidad Complutense durante una protesta que tuvo lugar el 10 de marzo de 2011. La irrupción consistió en la reivindicación del papel de la mujer en la jerarquía ofrecida por la Iglesia católica, así como del porqué la estancia de una capilla católica en funciones en una universidad pública. Algunas mujeres, del medio centenar que asistieron, mostraron sus torsos desnudos entre consignas a voz alzada y forcejeos con las autoridades que intentaron frenar la situación. Entre ellas se encontraba la activista miembro de Podemos.

La polémica se mantiene servida más allá del "asalto" y se ha vigorizado tras la reciente acusación a Maestre por "herir la sensibilidad religiosa" y la sentencia a pagar una multa de 4300€. Como si unas tetas fueran injuriosas, tan injuriosas como los monólogos de esos cuantos sacerdotes españoles que han defendido públicamente el erotismo de un niño, han apostado por la exclusión de los homosexuales o han justificado la violación de una mujer frente al aborto; tal y como si ese fuera el precio del derecho de las mujeres a vindicar el juicio que sobre ellas hacen deliberadamente.

Puestos a hablar de prácticas arcaicas, si dijese "rito de sangre" de forma descontextualizada rápidamente nos vendrían a la cabeza rituales mayas o vikingos, o la Santa Inquisición, por decir algo; igual que si hablase de flagelaciones pensaríamos en el medievo, integristas y masoquistas. Pero no. Existe un lugar en La Rioja llamado San Vicente de la Sonsierra, próximo a Logroño -y durante Semana Santa, también a la Edad Media- donde la liturgia del Viernes Santo da comienzo al son de los casi mil azotes con madejas de lino sobre las espaldas de los penitentes encapuchados que procesionan solemnes ante centenares de ojos: atentos los de algunos vecinos ya acostumbrados que veneran la tradición; morbosos o asqueados, sobre todo perplejos, los de los turistas.

Los picaos avanzan arrastrando los grilletes de sus pies descalzos por el empedrado del pueblo, y con la espalda rojiza, ya curtida como el cuero de una vaca, en una pausa el práctico deja brotar la sangre almacenada de la zona picada propiciando doce golpes secos (uno por apóstol) en la zona lumbar antes de superar el millar de golpes autoinfligidos para, de este modo, evitar acumulaciones y entumecimientos. Esos golpes se propician con la esponja, irónicamente, una pieza de cera virgen con seis cristales que forman una estrella que se incrusta en la piel provocando los pinchazos y haciendo correr la sangre espalda abajo hasta la túnica blanca que les cubre el cuerpo
y resalta el flujo rojo.

Ahora se emplean unas nuevas madejas de fibra sintética que limpian mejor la sangre de la carne una vez son picados. Pero llegados a estos extremos del macabro espectáculo ya todo está dicho. Los niños y niñas de aquellos padres que creyeron apropiada su asistencia al festejo (o la penitencia junto a ellos acompañando al trono y al resto de la procesión) ya lo han visto absolutamente todo. Y los cofrades viejos anuncian alegres saber que cada generación trae una nueva remesa de picaos. Ay, qué alegría de muchachas y muchachos. Por supuesto, mejor así que ir mostrando por ahí los pechos en una proclama por la igualdad.

España, sus jaranas y sus panderetas intocables. Vaya aguante tiene la religión en este país, que soporta hasta sus propios golpes.

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