Columnismo

¿Deberían los pobres tener hijos?

30.10.2016 4 minutos

Entonces yo creí que era una boutade más y ahora descubro que es más que una boutade:

«Siempre he defendido que si alguien tiene un hijo es por su santa voluntad, y que se debería comprometer a mantenerlo durante toda su vida, si es necesario. Siempre estoy del lado del hijo cuando algún padre se queja de que el suyo no se va de casa a trabajar, a ganarse el pan como todos, a "luchar" por la vida. ¿A luchar por la vida? Si sabías que venía a luchar, ¿por qué lo has traído? No estoy haciendo teoría. Yo siempre conté con que mis padres me proporcionarían comida, casa y algo de dinero en un caso de apuro. Me parecía que era su deber y no un capricho mío. Estar convencido de tener ese derecho me dio mucha seguridad».

De esta guisa se despacha Iñaki Uriarte contra la corrección política en unos diarios que nacen del atrevimiento más instintivo, trenzados en la cadencia pegadiza de la reflexión y el aforismo.  Una lectura refrescante; chapuzón en un día de verano.

El castigo es uno de los medios más eficaces para mostrar la verdadera cara de las personas, digamos que son los rayos X del alma humana: al fin y al cabo dice más un bofetón que un beso. Thomas Bernhard creció sin padre dado que este se negó a reconocerlo como hijo. El Estado pagaba por él 5 francos mensuales. El modo que tenía su madre de vengarse del hombre infiel y de paso ningunear al hijo de ambos, un Thomas que apenas frisaba los ochos años, era mandarlo al ayuntamiento a recoger la cuantía pronunciando con crueldad impía una frase devastadora: “para que veas lo que vales”. Típica putadita de madre, habrá quien piense.

Pero la cosa no quedaba ahí. Durante años llevó a cuestas el título de “meón”. Su madre colgaba las sábanas teñidas de amarillo de las ventanas de la casa “para escarmiento, ¡a fin de que todos vean quién eres!”, decía.

Es curioso cómo las familias de pocos recursos infligen el castigo de puertas para afuera: en el primer ejemplo es el Estado y en el segundo el vecindario, los que tutelan y enjuician la actitud de un hijo de la nada. El Estado te tasa en 5 francos y el dedo inquisidor de la sociedad señala tus manchas de orín. Thomas no era hijo de su madre sino del Estado o de la sociedad. Es una suerte de dejación de funciones.

En cambio en las familias de posibles el castigo es cosa nostra, todo queda en casa. Cuenta Chesterton en su autobiografía que sus mayores tenían verdadero terror a que imitase la entonación y dicción de los criados. En una ocasión, con tres o cuatro años, se atrevió a pedir un sombrero colgado de una percha y en plena convulsión nerviosa pronunció las palabras terribles: si no me lo dais diré “zombrero”. Estaba seguro de que aquello pondría de rodillas a todos sus parientes en leguas a la redonda. Sorprende que en este caso los padres construyan un rango de distinción entre clases sociales, más concretamente entre patrones de consanguineidad.

Con esto no quiere decirse que los padres pobres estimen menos a sus hijos que los padres ricos. Aunque parece que los segundos se afanan más en demostrarlo. Esta teoría está refrendada por mi experiencia personal: el primer día que salí de fiesta llegué a casa a las cuatro de la mañana temiendo que mi padre me estuviera esperando despierto para echarme la bronca del siglo. En efecto, me reprendió con dureza:

-¡¿Pero qué horas de llegar son estas?! Eres la vergüenza de la familia. Verás cuando se enteren en el pueblo… Antes de las ocho de la mañana no te quiero ver yo pisar esta casa, aguafiestas. A tu edad tenía que venir tu abuelo a buscarme por los afters- me plantó en la puerta de la calle metiéndome 50 euros en el bolsillo.

Como se ve la teoría no tiene fallas, y la actitud de mi padre me cataloga como pobre. De lo contrario el billete habría sido de 500 euros.

Uriarte nos regala otro soplo de sabiduría en el siguiente párrafo:

«Todos mis antepasados tuvieron hijos. No deja de asombrarme que yo vaya a ser el último de esa larguísima fila que comenzó en algún lugar de África hace muchos miles de años. Y de asustarme. Da la impresión de que uno no tiene derecho de volver la mirada hacia atrás y decir: "Hasta aquí hemos llegado».

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