Columnismo

Divagaciones sobre Marsella de un viajero

02.01.2017 @santiago_mruiz 4 minutos

Esa cima es lo más parecido a la anestesia quirúrgica para el alma. En la basílica de Notre Dame de la Garde de Marsella pocas personas rompen el susurro del sosiego y ahí, sobre ella, se alza imperante coronando la ciudad.

En Marsella, donde el magno Helios lame la ciudad de Antoine Ferrari, el alquimista de los colores, con su cálida mirada, donde se oyen a las musas del puerto cantar, donde los barcos vienen, en tropel, a atracar. Allí estaba yo. En la cumbre de aquella pequeña gran montaña, por la mañana, cuando la neblina envuelve la ciudad recién despertada y la buena madre —como se le conoce a la virgen— la contempla y —dicen los marselleses— la protege. Es su Virgen del Carmen. Se ve todo. Allende el mar y las pálidas montañas verdosas. En esa cima se hallaba la paz. Goethe, sabiamente, ya lo dijo: «en todas las cimas está la paz» y David Caspar Friederich cogió ese verso y con El caminante sobre el mar de niebla pintó esa paz, esa tranquilidad. Los pocos turistas que hay a esa hora parecen haber dejado su parte de hombre-masa en la ciudad; fotografían y pasean en silencio. Y ese mar de niebla abraza el despertar de Marsella.

En el barrio viejo, en la plaza vieja, a medio día, el camarero sirve carne de ternera corsa, la gente sonríe, habla, come y bebe. No se atisba preocupación alguna. Carcajadas y pájaros es lo que se oye. En ese momento pensé que no podía haber mejor sinfonía. Sólo falta la flor de azahar en los naranjos, que por ser diciembre no brilla aún. Las pequeñas calles y aquellas personas ríen y uno dice ¡Qué fachadas! ¡Qué gentes! A cinco minutos andando, se erigió la Catedral de la Major y dentro las banderas de las regiones francesas penden sobre la cruz latina que dibuja en su interior: Bretaña, Córcega, Provenza-Alpes-Costa Azul... El mármol argelino de las columnas ennoblece su robusta estructura datada de 1854. Su neobizantinismo lo hacen a uno viajar en el espacio y en el tiempo. La afonía y su exorbitante tamaño acompañan la solemnidad de su arquitectura. A ambos lados hay unas cuantas velas por los seres queridos. Esperanza es lo único que les queda a algunos. Ponen la moneda de un euro, cogen la caja de cerillas, encienden una y con ella, la vela. Se santiguan y se marchan calladamente.

A unos veinte kilómetros una calanque espera al lado de unos barquitos. Para llegar a ésta hace falta cruzar una senda sobre la nívea roca que por momentos se tiñe de verde con los pequeños arbustos que aparecen. Bajos y pequeños; sin pretensión, pero huelen a infancia y a felicidad. Su olor me sacó estos versos:

Sabed que en las albas rocas florecen

Las mediterráneas plantas cetrinas

Que gracias al buen céfiro se mecen

Bajo el canto de las golondrinas.

Es un paseo de zumo y jazmín junto a la balada del mar. Ya en la playa, como dijo el poeta, «se le ha borrado a la arena/ la huella de mi pie descalzo/ pero le queda la pena». La pena de mi partida y de no conocer, ni ella ni yo, si habrá regreso. En la cala sopla un viento muy poco decidido y el sol, el invicto sol invita a bañarse para ahogar las penas en el mar. Es un arrepentimiento azul, diario.

Marsella es una ciudad mediterránea comme il faut. De vuelta, el estadio Vélodrome grita con su silencio los goles de la noche primaveral de diciembre. No hay nadie en derredor del estadio, las colas del domingo han desaparecido mientras él descansa. Cuando Helios termina su viaje habitual regala un ocaso con un halo rojizo de poniente que se hunde en el mar.

Tras media hora en coche viendo la campiña de la Provenza aparece, al este, Cassis. Es un pueblo costero con estrechas calles y un pequeño y hermoso puerto arropado por las terrazas de los restaurantes y bares, y por la gente que lo contornea. En la cala cercana el frío diciembre se ha transformado en cálida primavera y las ventanitas de colores le sonríen a la plaza. A las cinco y treinta y cinco minutos las postreras luces del día besan la piel con cuidado mientras la noche acaricia el alma y se ensombrece el día que se mezcla con aquel sol que parte. Más allá, bajo las montañas hay una orilla en la que se abre el mar y se ven las montañas donde brotan glaucos arbustos que exhalan un aroma en el ambiente. Un dulce olor a verano de una juventud. Tengo unas mandarinas; refrescan, perfuman y embellecen, gajo a gajo, pequeñas y diminutas, el horizonte crepuscular. Entretanto sueltan su jugo en la boca y su sabor en el alma.

Estoy en ese lugar, en un invierno que no es, en un tiempo para muchos prescrito, donde las personas vienen a evocar los recuerdos que eran más que eso, cuando eran vida y presente. Allá, donde los recuerdos de los jóvenes convirtieron el presente en pasado y al hombre en niño.

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