Columnismo

Dulce Navidad

30.12.2016 4 minutos

No sé si es sólo cosa mía pero la gente en Navidad está como rara: se ven personas amables con cara de vendedores de crecepelo que van regalando sonrisas profident por la calle. Es un buenrollismo verdaderamente desconcertante. Que sí, hombre, que sí, que los asesinos siguen matando, los ladrones robando y todo lo que tú quieras, pero es que matan y roban con cariño, joder. Si es que hasta da gusto que te atraquen en Navidad. Vamos, no hay color. Estoy por decir que lo de la hostia al caranchoa le llega a pillar un 25 de diciembre y la escena acaba en beso.

Sabes que ha llegado la Navidad cuando esos mendigos explotadores de la clase capitalista que tienen la desfachatez de pedir ¡con las dos manos!, se conforman con pedir a una sola mano. Y los mancos, por respeto, esconden el muñón. (Quiero dejar claro que este tipo de chistes no me gustan, pero como estamos en Navidad yo me solidarizo con Guillermo Zapata). Como sigamos a este ritmo de recuperación económica la segunda parte de Plácido de Berlanga será "siente a un rico en su acera".

Estoy leyendo los Diarios de Jaime Gil de Biedma en parte por entretenerme y en parte por sacar alguna anécdota interesante y así poder dármelas de entendido. Este párrafo me llamó la atención:

Me contó Larry que hace tiempo padecieron aquí (Filipinas) una epidemia de moralidad pública provocada por un famoso columnista de la prensa local. Falto de quejas menos inoportunas y menos inofensivas, el individuo arremetió contra los innumerables moteles que tan acogedoras hacen las calles del barrio de Ermita, refugio de timbas clandestinas, de racketeers (chantajistas), de corruptos políticos reunidos en caucus y de, sobre todo, apresuradas e improvisadas parejas de cualesquiera sexo y condición. Tan prolongadas y tan estridentes fueron sus lamentaciones que finalmente inquietaron a los propietarios, chinos la mayoría de ellos, el origen de cuya ciudadanía filipina es aún más incierto que el de su dinero. Había que hacer algo y enseguida dieron con algo simple y maravilloso. Un cartelito visiblemente colgado junto a la cama que dice así:

AVISO A NUESTROS ESTIMADOS CLIENTES

POR FAVOR INFORMEN A LA GERENCIA

DE CUALQUIER ACTO INDECENTE QUE SE COMETA

EN ESTA HABITACIÓN BAJO SU RESPONSABILIDAD

Ya nadie se acuerda de la campaña de prensa, pero el cartelito sigue. Y los chinos también.

O sea, los pájaros tirándole a las escopetas.

El otro día salí de fiesta con mi amiga Belén. Nuestro Walk of Shame particular consiste en pasar por el supermercado para hacer la compra. En esas ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, cuando aún es pronto para el deseo y muy tarde para el amor (J. Sabina), unos jóvenes comprometidos como nosotros, no podemos dejar escapar la oportunidad de dar un lavado de imagen a la generación nini. Así que nos dejamos ver por la ciudad para que parezca que madrugamos. Todavía estoy esperando vuestro agradecimiento, maditos ninis.

A la vuelta nos topamos con un control de tráfico:

-Quería felicitarla por su excelente conducción, señorita. Qué elegancia, qué control del vehículo, qué técnica más depurada-un policía pasándose de frenada.

-¿Pero es que no ve usted que no llevo puesto el cinturón?- se hace el harakiri mi amiga.

-Tendrá algún tipo de alergia a ese material- sugiere el agente.

-Pues hace cinco kilómetros rebasamos el límite de velocidad y nos pilló el radar - haciendo honor a su nombre, parece empeñada en montar un belén.

-Seguro que en la foto le han sacado su perfil bueno - continúa desvariando el ma(ja)dero.

Por fin empecé a comprenderlo todo. Estaba cayendo sobre nosotros el hechizo de la Navidad: en estas fechas, por arte de birlibirloque o sabe Dios qué, la gente parece obligada a comportarse de manera condescendiente, a congraciarse con el prójimo. Ahora cobraban sentido las palabras de los propietarios de los moteles de los que hablaba Gil de Biedma: "informen a la gerencia de cualquier acto indecente que se cometa en esta habitación bajo su responsabilidad". Me imagino a gánsteres avergonzados de su conducta reprobable haciendo cola en la recepción del motel para autoinculparse. Resumiendo, Tony Soprano en el psicólogo. Joder con la Navidad.

Belén perdió los estribos que nunca tuvo:

-¿Me ha pedido usted que abra el maletero? Me ha parecido escucharle decir...- y acto seguido sale del coche.

-No, deben de ser alucinaciones suyas. No hace falta que abra nada, mujer.

-Mire, mire. ¡Dos kilos de cocaína!- rebusca entre las bolsas de la compra y raja los paquetes de harina. Inmediatamente comienza a esparcirla por el arcén de la carretera. Está fuera de sí.

¿Cómo hemos llegado a este embrollo?, me preguntaba. Quizá influyó el hecho de que el ma(ja)dero fuera el padre de mi amiga, y el divorcio con su madre no lo estuvieran manejando del mejor modo posible. Pero a mí me gusta pensar que todo es producto del encanto navideño.

Quizá debería hacerme mirar el tipo de amistades con las que alterno...

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