Columnismo

El articulismo de Antonio Lucas

06.04.2017 @emilioarnao 3 minutos

En este envinagrado panorama actual del articulismo, en esta lavativa contemporánea del columnismo español en que los marines del periodismo sólo calzan informaciones, datos, notarías, vulgaridades de las cuevas de Altamira, se presta como un placer que un joven como Antonio Lucas eleve el ritmo, la palabra sorprendente, el verbo ruidoso, la sintaxis dinámica, el adorno del lirismo o la crítica compulsiva contra todo aquello que sólo suelta babas en los márgenes de la política, de lo social o de lo cultural. Antonio Lucas escribe bien en los periódicos. Exactamente sus artículos en El Mundo -yo ya sólo me leo los suyos y los del gran maestro Raúl del Pozo- son verdadera militarización de la lengua castellana. El columnismo se escribe con el lenguaje y es en éste donde Lucas ha encontrado su muñeca hinchable a la hora de verter toda su poderosa conciencia de escritor de periódicos y su verdadera diacronía de levantamiento de pesas. Los artículos de Antonio Lucas son marchosos, diferentes, umbralianos y raulpozianos. No cabe duda de la influencia umbraliana de Lucas, que es de donde venimos los que consideramos el periodismo como una cerveza traumática contra el poder y contra un politicismo que en este país da ganas de tirárselo a los gatos. Raúl del Pozo, su gran amigo, también está en Lucas, pero donde está Antonio Lucas es en su propia originalidad y una juventud que todavía tiene mucho que levantar el periodismo hacia una literatura creativa que es -por lo que leo yo-la que traen algunos jóvenes en esta Celtiberia de prosas profanas y Azul.

Lucas da la sorpresa cada día y solventa una amplia cultura que lo hace no sólo más legible sino más ataviado contra la mentira o la manganeta. Le da bien a las palabras y modula un orteguismo que hace revivir aquellos periódicos de la primera mitad del siglo XX, que era donde entonces se hacía la verdadera literatura. Con Lucas el espanto seguro de estar mañana muertos es claro y metafórico, por lo que cuando lo leo siento un cuscús mahometano entrando por mi boca. Insisto, el articulismo se hace con el lenguaje, y no con la información, que para eso ya están los redactores y los editoriales. Lucas se sale del editorialismo de El Mundo y eso le hace grande, como grande también es el periódico que nos dejó Pedro J. Ramírez, siempre abierto a las distintas maneras de entender la opinión y los calzoncillos hasta la cintura. Lucas es invectiva y una propensión al periodismo norteamericano que se inventó Truman Capote.

Sus columnas son perfectas combinaciones de prosa rápida y lentos adjetivos, de una culturización cargada de células y proteínas que no agoniza cuando el café se vierte por las páginas del periódico. Tenemos aquí al futuro del periodismo español, por no decir el presente, siempre tan escurridizo y difícil de capturar. La literatura de este articulista es una lexicología de catilinaria y memento mori, por lo que, como decía Roland Barthes, según decía Umbral, “escribir es un verbo intransitivo”. Esta intransitividad la decora Lucas gracias a esa intensa cornamenta de la gramática española en la que cabe todo: hasta un burro capado. Y no son pocos los personajes que capa Lucas con esa escritura que nos devuelve al amorío de la prensa española actual. Que siga cortando jacintos. Yo continuaré cada mañana esperándole.

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