Columnismo

El civismo ha muerto

10.04.2016 @CarmenSCantos 2 minutos

Paraíso en África, fusión de culturas y civilizaciones a lo largo del tiempo y la historia, ciudad modernista de enclave singular, gastronomía fresca y exótica, playas de arenisca clara y acantilados, testigo y reactivo de guerras y batallas; museo en derribo de un esplendor muerto y enterrado.

Sí, eso es Melilla. Podría ser lo que quisiera, pero la ruina cívica le puede, no sé si en euros o al cambio en dirhams, pero sé que es eso lo que le puede. Y se muere, el amor por el lugar dónde se vive está siendo sepultado, poco a poco y a pasos agigantados.

El Gobierno autonómico se empeña en mostrarte la ciudad impecable, con algún que otro tabardillo, pero limpia y cristalina, eso sí, todo a través de una gran cortina. En ocasiones, esta se descorre y ves –que tal como hacía el gran Houidini– todo es un truco, que tienen la llave escondida en la boca y  la acaban de regurgitar. Sí, eso es lo que hace este gobierno, regurgitar sin parar viejas ideas que dejaron de llevarse a cabo hace mucho, dar concesiones sin parar y alojar bajo su ala a los apuñaladores del civismo, dueños reales de la llave del truco.

No estoy diciendo que los ciudadanos melillenses sean todos incívicos, pero sí hay una gran mayoría que lo son. No, no es mala educación: es abandono, pasotismo, capitalismo acomodado y venda en los ojos, inseguridad y miedos (in)fundados ¿Y qué provoca todo ello? La desgana de vivir en estos doce kilómetros cuadrados y un apabullante síndrome de la isla.

Y no es solo eso, no. Esa desgana produce monstruos, pero no de la razón (como dibujó Goya) si no de la suciedad: hay calles que llevan 6 meses sin ser limpiadas, el granulado del asfalto destroza zapatos y pincha ruedas de bicicleta, es imposible andar por las aceras sin pisar una mina canina, hay más coches en circulación que en la M-30 un lunes a las 8 de la mañana y es imposible pasear sin ser asaltado por miles de miradas indiscretas que observan pasivas y mordaces el devenir de la vida de los otros.

Este breve retrato del hastío melillense no es nada comparado con la realidad, es solo el primer capítulo, el esbozo de unas primeras impresiones del amor incondicional hacia una ciudad que se me muere en brazos.

PD: Disculpen mi verborrea automática y casi incoherente, pero me acuchilla la arenisca blanca y el puerto cerrado.

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