Columnismo

El destino trágico del héroe

29.01.2017 @cristobalvs 2 minutos

Melbourne fue Troya y bajo sus murallas de patrocinios y televisiones se celebró un combate singular entre griegos y troyanos, entre héroes homéricos que han de aportar la épica y la lírica a un domingo de sofá y nostalgia. A un lunes de café y mal cuerpo.

Cara a cara, solos ante el mundo, ambos conocían de ante mano el desenlace de la batalla, pues el final sería el mismo independientemente del resultado del encuentro: la gloria que los diferencia del resto de los hombres. Los cantos de los poetas de turno para llenar una eternidad de vacío mortal y grisura cotidiana.

En las antípodas, Aquiles acudió a enfrentarse al perfecto Héctor, confiando en su cuerpo de cólera y sangre. Héctor fue Apolo en muchos instantes, y Paris en un final ajustado de saetas y suerte. Quedó Aquiles como el gálata moribundo, en un mármol congelado que recordaba a su primigenio bronce, aceptando su trágico destino que era, al final, su mayor victoria: la muerte heroica.

Pues el destino del héroe está siempre ligado a un final trágico, pero bello y distante al de sus coetáneos, una derrota final que, en su belleza, ha de servir de inspiración y modelo de conducta para aquellos seres mundanos que no poseen la capacidad de sacrificio ni el coraje de los que son semidioses y están, por lo tanto, ungidos por el Olimpo para demostrarnos lo pequeños e insignificantes que somos.

Pero Nadal, Aquiles, nos deja su ejemplo y, como Prometeo, roba a los dioses un fuego que es para los españoles un “sí, se puede” aristocrático, un deseo de ser mejor de lo que somos. Una luz de futuro.

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