Columnismo

Elogio al trabajo

01.05.2017 3 minutos

El día del trabajador se dedica fundamentalmente a revindicar mejores condiciones laborales para el empleado o a defender los derechos de los que necesitamos un salario para ganarnos la vida. Sin ánimo de contradecir a nadie ni restar valor a estas magníficas intenciones, hoy quiero escribir un elogio al trabajo. De hecho, voy a dedicar, por puro placer, un rato de mi descanso a esta tarea.

El trabajo nos produce grandes satisfacciones, como la de sentirse útil. Hay pocas sensaciones más gratas que esta. Colaborar contigo para lograr nuestro objetivo compartido. Echar el resto y que nos guste el resultado. Ayudarte con mi empeño y algo de talento.  Considerarse una pieza única en el rompecabezas de esta empresa común. Cuando trabajamos, aun en soledad, convivimos con el mundo entero; extraemos de nuestro interior para participar de lo que se está cociendo. Así nos expandimos: desarrollamos ese factor social que tanto nos caracteriza, cubrimos la necesidad básica de ser en relación con los demás. De ahí el inmenso placer de sentirse útil.

Trabajo, luego existo. El trabajo y la ilusión son recíprocos: se provocan mutuamente, como el canto de los pájaros al albor, como los enamorados que sirven al amor (permítanme el lirismo con recuerdos de un romance antiguo; ha llegado mayo, explotó la primavera y están los campos en flor). Nos planteamos retos que nos ponen manos a la obra, o a la inversa, el laboreo nos propone golosos objetivos. El trabajo excita nuestros deseos, despierta el atractivo del universo. Trabajando, gozamos de lo que la existencia nos ofrece.

El trabajo tiene premio. Quizás a corto plazo no logremos exactamente lo que queríamos, pero siempre hay frutos, aunque sean algo distintos o más tardíos. Para ganar un partido, especialmente cuando no estamos acertados, hemos de apretar en defensa. Solo así tendremos alguna oportunidad de vencer. No contamos con garantías de éxito inmediato. Sí disponemos de la experiencia de que únicamente recoge el que siembra y encuentra el que busca. Quien afirma que logra algo bueno sin hacer nada miente o se equivoca. Por ello espero que estés de acuerdo conmigo y te apliques, con el convencimiento firme de que llegará una apetitosa recompensa.

Además hay disfrute en el propio esfuerzo. Nos sitúa en el momento presente, aliviando los malos recuerdos y las preocupaciones. El sudor nos hace sentir plenamente vivos. Nos encendemos, nos activamos. Ponemos  en acto las potencialidades, se “real-iza” todo lo que dormitaba como mera posibilidad. Junto con la razón, la eficiencia del sistema de refrigeración humano, nuestra capacidad de mantener el esfuerzo, nos distingue del resto de los animales. Obtenemos tanto placer con la llegada a la meta como con la carrera.

La práctica del trabajo nos hace amables. No nos gusta que nos atienda un empleado perezoso, que nos cure un médico negligente, que nos enseñe un maestro haragán… Preferimos encontrarnos con alguien diligente, laborioso, trabajador. Una buena faena revaloriza al que la lleva a cabo. El trabajo dignifica.

¡Qué gustazo dedicarme a conseguir lo que pretendo! ¡A mayor esfuerzo, mayor gozo por la consecución! ¡Currárselo y que quede más o menos bien! Aquí dejo mi elogio al trabajo, que estoy cansado y necesito descansar. Otro día hablaremos bien del descanso.

Etiquetas, ,
Artículo anterior Artículo siguiente