Columnismo

Entre comillas

Andalucía cabe en una comparsa

05.02.2018 @_sanchezrocio_ 3 minutos

Libres como perros sin cadenas. Desatados. Ladrando, como buenos perros de calle –aunque de mucha raza–, las rimas que son el cante del pueblo andaluz. Sin límites y con la valentía de quien lleva demasiado tiempo callando. Ángeles de la guarda de la franqueza. El último remanso de democracia se vive en Cádiz, donde se reparte dignidad y reivindicación a partes iguales. Los focos se encienden y ellos hilan sus letras con la realidad social que padece España: Cataluña, Andalucía, feminismo y soberanía. El Falla los acoge y el público los ovaciona, pero no se equivoquen: sus mejores actuaciones no están encima del escenario, sino en las calles. Mordiendo y enrabiados por quienes se quedaron sin dientes para arrancar verdades.

Desde el traje de bufón es mucho más sencillo explicar la historia de Andalucía. Máscaras doradas y gorros de cascabel contra los tópicos que el sur lleva arrastrando durante siglos, pese a ser cuna de arte y sabiduría. Relegados a ser los payasos del circo, los cómicos de la tragicomedia y los juglares de la corte, hoy defendemos que sabemos reírnos de las desgracias con inteligencia. Que el sistema, aunque aplasta, no pisa el orgullo de pertenecer a una tierra que tanto ha luchado por demostrar su grandeza. Como dicen los perros cantores: el andaluz ya no es el tonto ‘de tó la vía’. O, en palabras del cómico Manu Sánchez, a la gente que la entretenga su madre.

Dos mil dieciocho es el año en el que el resto del mundo parece haber descubierto y escuchado el Carnaval de Cádiz. Sus combativas letras caen como metrallas entre la gente, y poco se habla de la trascendencia de que la península entera escuche los profundos mensajes que esconden las comparsas y chirigotas. Nada nos representa más que el humor, la fuerza, el sarcasmo y el ingenio de sus canciones. Pero, sobre todo, no hay forma más auténtica de denunciar lo que todos piensan, pero solo Andalucía grita. La luz de los carnavales ilumina conciencias y saca los colores sin hacer distinciones. El día que ese destello se apague, podremos decir que España entera ha perdido o, mejor dicho, que han ganado los malos de 'verdá’.

También es el año donde los andaluces, una vez más, han sacado las garras por su bandera, su habla y su memoria. Allí donde La Peste no se entendía por estar protagonizada por actores andaluces que interpretan a personajes poderosos, ricos y cultos, las comparsas gaditanas rugen contra el estigma del sur con letras que atraviesan la comprensión de cualquier meseteño. Admitir que el ‘acento andaluz’ ha sido históricamente un acento de pobres es únicamente el primer paso para exigir que se nos identifique como lo que somos: un pueblo diverso que no tiene por qué modificar la viveza de su dialecto.

Que el carnaval andaluz vuele alto no es casualidad. Es el reconocimiento a los ángeles de la guarda, al pueblo llano y a los prisioneros que ponen alas a la libertad y colocan llamadores de ángeles contra las injusticias. Es el bramido de los que lloran riendo. Y la lucha de quienes quieren que dejemos de ser, de una vez por todas, perros enjaulados en nuestra propia tierra con la furia por emblema.

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