Columnismo

Entre comillas

El dinero no todo lo puede

26.03.2018 @_sanchezrocio_ 2 minutos

Perdonen mi ausencia la semana pasada, pero es que mi hijo adoptivo se tragó un hueso procedente de una chuleta de cerdo y yo, antes que columnista soy madre. El arma que casi acaba con la vida de mi chucho –así solo puedo llamarle yo– ocupaba gran parte de su minúsculo estómago. Él, arrepentido por su instinto animal y su impulsividad, me miró con ojos benevolentes buscando perdón. Como podéis imaginar, un disgusto mayúsculo, casi tanto como el dichoso hueso.

“Tratándose de un sábado por la tarde, se considera una urgencia. Habría que extraerle el hueso con un endoscopio, y tendría un coste de 950 euros”. La veterinaria prácticamente había sentenciado la vida del animal. Pero ahí estaba yo, dispuesta a sacrificar mis ahorros para el máster por quien ha sido durante once años mi mejor amigo. “Algunas cosas no tienen precio” pensé en aquel instante.

En este último año y, si apuro, en estas últimas semanas, he perdido la cuenta del número de másteres públicos a los que he solicitado información, en función principalmente de sus precios. Si era demasiado caro, lo descartaba. Prácticamente he analizado todas las universidades a las que podría permitirme acceder, y he utilizado las charlas con mi tutor del TFG a modo de terapia pese a que siempre salía con más dudas de las que acarreaba en un inicio.

Por suerte, mi querido chucho está bien. Se recuperó milagrosamente y el endoscopio no hizo falta. Aquí está, relamiéndose las patitas mientras come pienso blando con apabullante decepción, tras probablemente la experiencia más traumática de toda su vida. Pero las personas corrientes, a diario, toman decisiones sustanciales que marcan sus vidas, porque no pueden permitirse tenerlo todo.

Lo crea la señora Cifuentes o no, muchos estudiantes se ven obligados a decidir entre su perro o su carrera. O, peor aún, entre estudiar o comer. Decisiones que duelen, pero que tienen que ver con el mundo real en el que nos ha tocado vivir. Y aunque pueda llamarse corrupción, yo lo denominaría falta de humanidad. No por parte de la política, sino por quienes consintieron que así fuera mientras, a su vez, obviaban los malabares de los estudiantes para llegar a fin de mes y pagar las tasas de la universidad.

Todavía no he tenido tiempo para explicarle a mi madre, que no pudo estudiar hasta los cuarenta, que hay señoras que podrían permitirse operar cinco veces a sus perros y que, además, 'aprobaron' en la misma universidad pública  a la que tal vez yo no pueda ir. Pero que solo se miran el ombligo, porque es lo único que saben hacer.

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