Columnismo

Entre comillas

Laberinto

19.02.2018 @_sanchezrocio_ 3 minutos

 

Abro el ordenador. Empiezo a dramatizar y dudar a partes iguales. Casi de forma instintiva, sospecho que no va a ser fácil. Añoro esa época en la que soñaba con lo que quería ser de mayor. Ahora soy esa persona mayor, y la fantasía es incertidumbre. Vuelvo a la carga para corroborar lo que ya sabía. Decidir sobre el futuro es difícil, ser consciente de que me he convertido en una persona adulta, es aún peor. Elegir máster en un corto plazo de tiempo… es una batalla para la que solo unos cuantos han nacido. Y no sé si estoy preparada.

A pocos meses para finalizar la carrera, la sensación de no saber qué hacer con mi vida me aprieta. Muchos conocimientos teóricos aprehendidos durante cuatros años que, aunque necesarios, no son útiles para el ejercicio práctico de la profesión. Una sensación que comparto con más compañeros. No estamos listos para que se nos llame periodistas, pese a que un título pueda decir lo contrario.

Comienza la búsqueda de ciudades, universidades y precios. Sobre todo precios, porque nada influye más a la hora de decantarse por uno. La mayoría de estudiantes universitarios no pueden permitirse pagar una fortuna por algo que, hoy en día, no garantiza un empleo —a duras penas unas prácticas no remuneradas en una empresa que, con suerte, te llamará en verano para un puesto de becario—. Estudiar en una entidad privada supone no poder optar a una beca, por lo que muchos quedan automáticamente descartados.

Tampoco facilita la decisión el hecho de que, la inmensa mayoría de másteres, tengan como requisito fundamental finalizar la carrera en un tiempo récord. Firmar un ‘compromiso de obtención de titulación’ es parte del proceso, con el desconocimiento de si llegarás a cumplirlo. Consulto las notas con miedo y rezo porque el rojo no se cuele en mi por ahora impoluto expediente. Los malabares por compaginar al mismo tiempo asignaturas, prácticas y el trabajo final me hacen sentir una superwoman, pero nada más lejos de la realidad.

Comparo universidades. Algunas tienen más prestigio que otras, según algunos foros de dudosa procedencia en Internet. Otras presentan titulaciones más innovadoras, aunque bastante recientes y con pocas opiniones que me hagan confiar. Me adentro en un conflicto emocional entre lo que verdaderamente me gustaría estudiar y lo que teóricamente tiene más salida profesional. Todo ello con la visión única de usuarios desconocidos, adentrándome en un juego de la fortuna en la que nunca se acierta del todo. El ‘camino seguro’ no es más que una improvisación tejida por una falsa tela de araña.

Desvío nuevamente la mirada al teclado. Divago sobre mi futuro, y comienzo a dramatizar y dudar a partes iguales. Añoro esa época en la que soñaba con lo que quería ser de mayor. Vuelvo a la carga para corroborar lo que ya sabía.

Abro el ordenador…

 

Etiquetas, ,
Artículo anterior Artículo siguiente