Columnismo

Entre dos luces

A vueltas con la hora

28.03.2016 @pablomerinoruiz 2 minutos

¿Saben cuánto ahorramos en la factura de la luz gracias al cambio de hora? 6 tristes y cochambrosos euros. Pocos menús de bar-tasca-restaurante de carretera mantienen todavía ese precio. El rendimiento que se le saca a la jugarreta es ínfimo. Hablaban los entendidos hace un par de años que el ahorro en industria y comercio alcanzaba los 300 millones. Nada más lejos de la realidad. Además, por gusto y uso de la Unión Europea, debemos ir en hora acorde con ellos. Otra gran mentira.

Geográficamente nos corresponde el horario de meridiano Greenwich, el que marca nuestras horas de sol en el mapa. Padecemos situaciones artificiales durante el año: en verano a las 22 todavía ilumina el sol mientras en invierno a las 18 ya oscurece. Marean nuestro complejo reloj biológico a gusto de la macroeconomía. Plantan batalla a nuestro sueño y nuestra energía. Pese a todo, este no es nuestro mayor problema.

En España tenemos el horario cambiado todo el año. Vamos a contracorriente. Vivimos un día anormal, una rutina dañina. Comemos a las 15:30 de la tarde, cenamos a las 22, desayunamos a las 08:30... En la práctica llevamos hora y media de retraso a países con un clima similar al nuestro como Portugal o Italia. No hay excusas. Igual, o peor, que el cambio de hora de primavera y otoño, la cultura que va contra el ritmo natural.

Adelantando nuestro día una hora ganaríamos en calidad de vida. Sufrimos horarios largos y poco productivos en los trabajos. La jornada laboral tendría que comenzar y terminar antes. Otros aspectos como la televisión o el ocio influyen demasiado en nuestras costumbres. Los programas "estrella", lo que llaman el prime time, empiezan a las 22:30. Existe una ley no escrita que impide salir a tapear con los amigos antes de las 21:30 y terminar sin que se eche encima la madrugada. En definitiva, hay que cambiar los hábitos.

Pueden considerar una tomadura de pelo del empresario el cambio de hora, es probable que así sea. Pero esa no es la cuestión principal. Como decía el novelista francés Honoré de Balza: "aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia." Se trata de generar una dinámica conjunta, de lo personal a lo colectivo. Convertir la excepción en norma, renovar lo tradicional. Como reza la fotografía de cabecera: "Abrimos cuando venimos, cerramos cuando nos vamos, si vienes cuando no estamos es que no coincidimos". Queda claro.

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