Columnismo

Entre dos luces

El mirador de San Nicolás

14.03.2016 @pablomerinoruiz 3 minutos

Para el dramaturgo William Shakespeare todo curioso viajero la guarda en su corazón aun sin visitarla. En ella han convivido y conviven distintas formas de ver la vida, culturas antagónicas bajo el paraguas de una ciudad elegante e inspiradora. Lo mejor de la cultura, el arte y la diversidad de este lugar se esconde en el popular y fantástico mirador de San Nicolás. Llegar hasta él no es fácil.

Para D. Federico García Lorca las horas allí son más largas y sabrosas que en ninguna otra ciudad. En ella se alcanza la simbiosis perfecta ciudad-pueblo. Avanzamos hacia la carrera del río que riega la ciudad, el Darro, que nos lleva al Paseo de los Tristes. Las calles se estrechan. Las terrazas de los bares se llenan de gente más amable, más cercana. Es el sitio preferido de los turistas para hacer un alto en el camino y deleitarse con la exquisita gastronomía andaluza. El ambiente se vuelve familiar.

Para el Gran Rabino Sefardía de Israel Shlomo Amar está llena de luz, de la luz de la sabiduría y el conocimiento. En ella y por ella han pasado judíos, cristianos y musulmanes, de ahí nace su riqueza. Subiendo cuestas tortuosas dejamos a derecha e izquierda un carmen (casa grande, vivienda típica del lugar con un espacio verde anexo, jardín y huerta) tras otro. El frío va calando a medida que se ganan metros a la cumbre. El objetivo está más cerca.

Para Antonio Machado todas las ciudades tienen su encanto, pero ésta tiene el suyo y el de todas las demás. En ella gobierna la pausa, la paz y la tranquilidad. Nos dirigimos al Sacromonte y Albaicín. La gente habita en cuevas al aire libre. Es el arrabal del pueblo gitano y el santuario del arte del flamenco. Un barrio de otro tiempo que dura y perdura lleno de leyendas como la del Barranco de los Negros o la abadía.

Para el ex presidente de EEUU Bill Clinton el atardecer que desde allí se contempla es el más bonito de la tierra. En ella se despiertan los sentidos más dulces; la vista, el oído, el tacto y sobretodo el dulce gusto por todo. Descubrimos el mirador de San Nicolás entre hippies vendiendo collares, gitanos tocando la guitarra y jóvenes lugareños bebiendo cerveza Alhambra y fumando porros. Ahora sí, hemos llegado a nuestro destino. 

Como una máquina del tiempo retrocedemos unas cuantas décadas. Se respira libertad y naturalidad, quizás demasiada. Los personajes más dispares se dan cita en un enclave romántico y singular. El mirador de San Nicolás ofrece un paisaje en blanco y negro. La silueta de la Alhambra iluminada engancha. La noche le favorece. A lo lejos, la nieve de la Sierra da calor a la plaza. Para mi, Granada es una ciudad especial que merece la pena visitar, sobre todo, para sentarse y admirar el mirador de San Nicolás.

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