Columnismo

Entre dos luces

El pequeño Skyler

20.03.2017 @pablomerinoruiz 2 minutos

Un hombre no debería tener miedo a la muerte, debería tener miedo a no empezar a vivir.

26 de mayo de 2015, Las Palmas. El Gran Canaria estaba a punto de debutar en Playoff ante el Real Madrid cuando Levon Kendall, pívot titular y pieza fundamental en la plantilla, comunica que se marcha. Unos inofensivos vómitos sirven de alerta. Al pequeño Skyler Kendall, con tan solo 10 meses, le detectan en un hospital de la isla un tumor cerebral de 2 pulgadas en su cerebelo inferior derecho, junto a su tronco cerebral. Un cáncer complicado que tiene cura si se interviene con premura. A los pocos días despegan rumbo a Toronto (Canadá) en busca de los mejores especialistas. El equipo queda tocado y la isla se vuelca con el jugador.

Levon tiene que dejar el baloncesto y su mujer, Alexandra, el trabajo. Comienza la lucha. Tras un sinfín de pruebas, fijan el tratamiento en 50.000 dólares. Apenas tienen ingresos para sufragar los gastos. Sin perder más tiempo, abren un espacio en la plataforma gofoundme para buscar donaciones. Necesitan ayuda. En tres días consiguen 8.000 dólares, pero no es suficiente.

Amigos y aficionados de Gran Canaria lanzan entonces una campaña a través de las redes. También en Santiago de Compostela, lugar donde Levon disfrutó de los mejores años de su carrera, se organiza un concierto solidario a favor del pequeño. En unos meses alcanzan la cifra. Ingresan a Skyler y consigue superar la primera y más peligrosa operación. La afición devuelve el cariño a la familia, les llegan toneladas de mensajes de ánimo. Todavía le quedan algunas sesiones de radioterapia. Levon coge sus botas y aterriza de nuevo en España para jugar en las filas del Estudiantes unos meses. Se siente con fuerzas para seguir un par de años más. Al terminar la temporada regular, viaja a Puerto Rico y desde allí anuncia su retirada a los 32 años.

El pasado jueves 16 de marzo de 2017 Levon publicó que no han encontrado rastro de tumor en el último escáner. Tras dos años de cura y casi 220.000 dólares, la pesadilla ha terminado. Las pequeñas cosas de la vida, de cerca, son enormes. El único miedo que hay es no empezar a vivirlas.

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