Columnismo

Entre dos luces

El tambor

03.04.2017 @pablomerinoruiz 2 minutos

Hace unos días esperábamos a un cortejo en un callejón estrecho. En Andalucía el sol en primavera tontea. A primera hora confunde y luego no puede aguantar la risa al verte con el abrigo puesto. Empieza a picarte y no para el puñetero. Justo enfrente, un niño estrenaba orgulloso su tambor nuevo. Seguía al dedillo el compás de una marcha que se escuchaba a lo lejos. Debía tener un par de añitos, sin embargo parecía un viejo. Al verlo escuché a una señora decir: ¡Es que está para comérselo!

Entre murmullos y risas nos enamoramos de aquel chavea. Mientras tanto llegó la banda y terminó con el juego, aunque si al niño lo dejas solo, se te mete dentro del cortejo. Sin desentonar y marcando el paso, con la cabeza alta y el sombrero bien puesto. Lo lleva en la sangre. Le sale solo y, solo, se sale. Puro talento. Cuando se acercan los mayores observa sin perder detalle los impecables trajes color azul y los tambores de madera y terciopelo.

También tuve yo un tambor de juguete hace tiempo, parecido al suyo pero sin tanto ritmo y acierto. Mi madre me lo compró en una de esas tiendas de veinte duros, la "tienda de los chinos" de ahora para entendernos. Me pasé toda la Semana Santa con aquel tambor en la plaza, de un lado a otro hasta el agotamiento. Quise llevarlo de vuelta a casa, pero mi madre me obligó a dejarlo en el pueblo. Sabía lo que hacía, no podía permitir aquello.

Me encontré con él un par de ocasiones más, pero me duró poco el entretenimiento. Lo destrozaba a golpetazos las pocas veces que me dejaban cogerlo. Me enseñaron que se tocaba así de fuerte pero claro, no me contaron que era de juguete y no aguantaba tanto traqueteo. Siempre he pensado que lo hicieron a posta, intentando que yo mismo me deshiciera de aquel trasto molesto. Fue entonces cuando, pensando en aquello, estuve a punto de decirle al chiquillo: ¡Cuídalo, que como ese tambor no hay na' en el mundo entero!

Hay mañanas que te tropiezas con tu pasado sin querer/queriendo. Lo sabes porque aparece sin avisar y te alegra el día sin pretenderlo. Lo sabes porque decides no prestarle atención y, aun así, le terminas sonriendo. Lo sabes porque pasa el tiempo y, al final, acabas por encontrártelo de nuevo. Lo sabes porque lo estropeaste sin conocerlo y, a pesar de eso, le sigues teniendo aprecio. Aunque nunca llegaste a tratarlo como merecía y te dio pena perderlo, lo sabes porque te cambia la mañana y nada hay mejor que eso.

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