Columnismo

Entre dos luces

Joder, en manos de Boris Johnson

18.07.2016 @pablomerinoruiz 3 minutos

Decía Julio Camba que llegará un momento en el que la Humanidad se divida en dos únicas clases: a un lado, la Humanidad propiamente dicha, y al otro, los ingleses, que seguirán en su isla comiendo rosbif y hablando inglés. Por lo pronto, Theresa May ha recogido el temerario testigo de David Cameron y toma decisiones desde el 10 de Downing Street para que Gran Bretaña vuelva a ser la isla que, en alma y espíritu, nunca dejó de ser. Para empezar, la flamante primera ministra, se ha curado en salud y le ha pasado la patata caliente del Brexit a Boris Johnson nombrándolo ministro de exteriores. ¡Que tiemble Europa! A él le encargará eso que tanto odiaba y maldecía, la burocracia de sus amiguetes de Bruselas. Lleva años provocándolos, ahora le toca apechugar y pagar por sus pecados.

Boris se ha convertido en el Carles Puigdemont de la Bretaña, calcando orgulloso el poblado flequillo que luce el catalán. Creando tendencia entre los que se apuntan a la "moda" nacionalista. Él se encargará de vender el Reino Unido al resto del planeta con un look propio para la ocasión. Si lo viera su tocayo (nuestro Boris Izaguirre para entendernos) seguro que gritaría horrorizado y extirparía de un tijeretazo, con asco y regocijo, esa mata de pelo rubio que le cuelga. Unos se empeñan en llamarlo estilo casual, otros seguimos pensando que salió de casa despeinado. Para gustos, los peinados sin peinar.

A base de insultos y salidas de tono, se ha ganado la enemistad de medio mundo. Ahora cumplirá penitencia por ello. Llamó en su momento "cínica" a Angela Merkel, quizás su hueso más duro de roer a la hora de romper con Europa. Pero no se queda ahí. A Erdogan, presidente turco que acaba de superar un lamentable golpe de Estado, lo tachó de "formidable gilipollas" y "pajero follacabras". Tampoco pone reparos en comparar a Putin con "Dobby, el elfo doméstico de Harry Potter, pero en su versión más despiadada y manipuladora". Cariño no le debe tener tampoco Hillary Clinton, a Johnson le recuerda a "una enfermera sádica de un hospital de psiquiátrico" y cuando le confundieron con Donald Trump en Nueva York asegura que "fue uno de los peores momentos de su vida". ¡Tela!

Me lo imagino esta navidad cocinando uno de esos rosbif horripilantes y destemplados de los que Camba hablaba, que huelen ya a populismo rancio, y bebiendo botellines de Carling a destajo para celebrar su particular "victoria". De resaca se sentará frente a la chimenea mientras corta y tira, trocito a trocito, la bandera de la Unión -desunida y a la deriva- de nuestra perdida Europa. Mirará embobado como las cenizas se desintegran en el fuego, cuyas chispas él mismo se encargó de reavivar en el referéndum. Lo que aún desconoce es el color negruzco y lúgubre que cogerá ese humo que saldrá desde su chimenea. Ese que empestará y apestará a toda su Bretaña independiente. La suya y la de nadie más, por siempre y para siempre.

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