Columnismo

Entre dos luces

La burundanga

15.02.2016 @pablomerinoruiz 2 minutos

Pareja estable, un chalet a las afueras de la gran ciudad, trabajo fijo bien remunerado, un móvil de última generación... objetivos que perseguimos sin descanso. Buscamos lo cómodo, lo agradable. Aspiramos a la vida piloto. Perseguimos la estancia terrenal estándar o modelo. Nos sentamos a mirar como espantapájaros en eriales de pasto. Colocamos el automático en la zona de confort.

¿Qué confort? ¿El de la pasividad más inquebrantable o el de la ignorancia más insensible?

Nuestra sociedad está infectada por la burundanga (no confundir con el ritmo ragatanga del que hablaban Las Ketchup en su canción, que no lo es). La burundanga se define como sustancia capaz de crear un estado de sumisión en el individuo ante una orden, estado similar al que genera la sensación de seguridad. La psicóloga Cristina García afirma que es un ejemplo de amnesia global transitoria. Se convierte en una droga peligrosa pero muy útil para los pervertidos y los ladrones en la noche, si se administra en cantidades suficientes.

No hay que irse tan lejos. El político hoy encuentra práctico ese efecto burundanga. Algunos parecen hipnotizados por la búsqueda de un acta parlamentaria que les proporcione la inmunidad del aforado. Otros confían en encontrar cobijo y amparo a base de pactos, concesiones y reparto de sillas. Mención aparte merecen los elefantes del Senado y sus enormes puertas giratorias hacía el paraíso de las grandes compañías energéticas. Quizás haya o no una conducta delictiva detrás. En cualquiera de los casos, terminan convirtiéndose en esclavos de la invulnerabilidad de sus puestos.

Lejos de lanzar una apuesta por la regeneración política, de eso ya se encargan otros, propongo una regeneración social. Un cambio en la mentalidad inmovolista que nos mantiene atados. Recortamos nuestro tablero de juego y colocamos grilletes a nuestro día a día sin percatarnos. El libertinaje vacío e inhóspito nos retiene. La realidad nos aplasta y caemos en ruinosos vicios como el de la burundanga. A tantos se les llena la boca con seductoras promesas y contratos vitalicios. Todo apariencia. Observo un terror generalizado al cambio, a la creencia de que todo tiempo pasado fue mejor. Nos aferramos a la esclavitud de la seguridad, esa que tendría que hacernos felices y que nunca lo consigue.

La seguridad debería pertenecer a la lista de las sustancias prohibidas. Probablemente sea el nuevo opio del pueblo moderno. Decía Jesús Quintero, escondido en un rincón de la “caja tonta” a altas horas de la noche, que la seguridad es una servidumbre, que hay que cambiar de vez en cuando de todo y que “mientras el cuerpo aguante, exprime la vida”. No le falta razón al que llaman el loco de la colina. Dejemos ya la burundanga.

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