Columnismo

Entre dos luces

Modo avión III

10.10.2016 @pablomerinoruiz 2 minutos

En modo avión. Aquí, perdido entre las montañas de una sierra nevada -o no, a estas alturas- me acuerdo de los consejos del Sabio de Tarifa. ¡Qué arte, maestro! Juan Luis Muñoz (Tarifa, 1943-2012) era un famoso y reconocido hostelero de la costa gaditana, una joya de la escuela turística de mi querida Andalucía. Crió cochinos y bregó entre los fogones para ganarse la vida antes de invertir en bares y ventas. Al tiempo se casó y tuvo tres niños. Supe de su talento tarde. A Juan Luis lo conocí por casualidad dos años después de que falleciera, buscando en el archivo de Los ratones coloraos. 

Su sentido del humor, santo y seña del pueblo gaditano y de sus comparsas y pasodobles, era extraordinario. Muchos lo recordarán porque siempre llevaba una copa de vino fino en la mano cuando hablaba. Nos dejó grandes momentos televisivos como la historia que le contó a Jesús Quintero sobre las bodas de Caná o el día que se trajo a su burro al plató. Cuentan que era un tipo muy cercano, un buen amigo. Su chispa se fue apagando cuando perdió a su más fiel compañera, su esposa Elena. Nunca llegó a superarlo, de ahí su incalculable valía. Se nos fue un grande.

No se ganó el apodo por casualidad. Él descubrió algo que los demás no reconocemos: nuestra vida es una batalla desesperada contra la pérdida de nuestros amigos. Por el motivo que sea. Si hieres, dura o gravemente, a un amigo muy probablemente nada volverá a ser igual. Dejarlo pasar abrirá la herida que ya no cicatriza, la pena de dejarlo marchar. Hay que presentar batalla a tiempo. Cueste lo que cueste. Aunque viento y marea los hunda con toda su fuerza, hay que recuperarlos en alta mar. Como al náufrago perdido al que el nobel García Márquez rescató tras 10 días a la deriva sin probar bocado, pero sin mercancías peligrosas y calmando la tempestad.

El Sabio de Tarifa decía también que hay que morirse vivo y los amigos hacen sentirse a uno vivo. La vitalidad, quizá ese era el secreto que escondía entre las olas del puerto de su Tarifa natal. Juan Luis guardaba cerca suya una caja de cerillas, para tener siempre todas sus velas -rizadas o no, como en un barco de luces- encendidas. Por si alguna se le apagaba. Cuando uno pierde el norte ahí están ellas, haciendo de guía. No son muchas las que brillan, pero nunca permitió que se le estropeara la mecha de ninguna. Mientras enciendes para mí una de tus velas, todavía espero y busco las llaves de tu puerta.

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