Columnismo

Entre dos luces

Modo avión IV

05.12.2016 @pablomerinoruiz 3 minutos

En modo avión. Aquí, perdido entre las montañas de una sierra nevada -o no, a estas alturas-espero a que, hoy sí, nieve al fin. Para los malagueños la nieve es como la playa para los sevillanos, ni está ni se la espera. Pobres ellos. Los mayores cuentan que un día en Málaga nevó. Fue en la madrugada del 3 de febrero de 1954. Me cuesta imaginar la nieve cerca del Mediterráneo. Mi generación nunca la vio. No me quejo, faltaría. Siempre asocie la nieve con la soledad. La tempestad y la soledad.

Hablar de soledad es difícil porque ella escucha y calla. La soledad puede ser acompañada, nunca acompañante. La soledad no es exclusiva, pero si excluyente. A la soledad le cuento mis penas y mis alegrías porque siempre me da la oportunidad. En la soledad confío cuando mi desconfianza no me deja confiar más que en ella.

De la soledad se aprende. La soledad te enseña a vivir con esperanza. Y no es tarea fácil. Esa esperanza que te recuerda que no hay que olvidar la soledad porque, sin quererlo, te condena a un estado de aislamiento completo, a un exilio involuntario. Dañino cuanto menos. La soledad te arrastra al olvido y a la indiferencia más absoluta. Con todo, sin esperanza no somos nadie. Sin soledad, tampoco. ¿Acaso alguien puede esquivar la soledad?

La soledad se escribe. Un verso puede estar solo y hablar de soledad. A la soledad le habla Juan de la Cruz: “la música callada / la soledad sonora / la cena que recrea y enamora”. La soledad también suena. No oye, pero a veces se deja escuchar. La soledad puede ser una voz ronca –la de Diego Jiménez- y unas notas de guitarra –las de Juanjo Domínguez-. La soledad de un poema, de una canción.

 

[su_column]Soledad, fue una noche sin estrellas

cuando al irte me dejaste

tanta pena y tanto mal.

 

Soledad desde el día en que te fuiste

en el pueblo sólo existe

un silencio conventual.

Vuelve ya mi Soledad

[/su_column]Soledad, los arroyos están secos

y en las calles hay mil ecos

que te gritan sin cesar

 

Soledad, vuelve ya.

A quitar con tus canciones

para siempre los crespones

que ensordecen mi solar.

 

Sigue sin nevar. Ya no hay farolas. No hay luces. No hay velas. No hay sombras. La calle ahora está sola y en la soledad no hay nada. La nada puede ser una soledad infinita. Una soledad sin esperanza. Una soledad definitiva. Una soledad honesta, sincera y valiente, pero que no vale nada. Una soledad que acompaña hasta un final que imaginaba, un final triste que esperaba, un final que no deja más que pena. La soledad no da oportunidades, porque la soledad no conoce más que así misma.

Supongo que morimos el día que guardamos silencio ante las cosas que nos importan. Por eso no todo silencio es olvido, no toda distancia es ausencia y no toda soledad es definitiva. En la madrugada radiofónica, recitando “Palabras para la vida”, Rafael Pérez Pallarés me susurraba que la cosas que se hacen de corazón no pesan, ni antes ni después de hacerlas. No le falta a usted razón, maestro.

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