Columnismo

Entre dos luces

Modo avión

02.05.2016 @pablomerinoruiz 2 minutos

En modo avión. Aquí, entre montañas de una sierra nevada (o no, a estas alturas) escucho silencio y veo oscuridad. Aprendo a aburrirme, o lo intento. Resulta complicado controlar la fobia a no hacer nada. Quizás porque asusta reflexionar. Quizás porque no enseñan qué es o cómo se hace. Salir de esa impulsividad constante, virtual, frenética. Insana e inhumana. Casi abominable. Urgente.

Inundado por una profunda apatía consigo recordar y acordar. Superar la barrera de la desidia y, con cuentagotas, recuperar detalles. Rescatar momentos, perdidos en el jaleo de las últimas semanas. Instantes que pase por alto pero que mi mente, más astuta que mi alma, retiene. Los resucita desde las catacumbas de un estrés crónico patológico, o algo así. Sabe que no la puedo olvidar y juega conmigo. Mi "desatención provocada" no aguanta más.

Trato de alejarme de las lucecitas y los sonidos cargados de mensajes de postal y llamadas de humo. Anticuados y saturados de soledad acompañada. ¿Por qué? En la montaña, al menos, la soledad es real. Una soledad saludable, igual que el jamón y el vino de aquí. El agua (Lanjarón, como siempre) cae de la fuente donde reza un poema de Lorca: “Cantan los niños/en la noche quieta/arroyo claro/fuente serena”. Tan niños que nos olvidamos de olvidar. Tan niños que intentamos desconocer (def. proceso) lo que ya conocemos. Enfermizo y perturbador. Incluso manipulador.

El pueblo, indiferente, ni se inmuta. Acostumbrados a tanta pasividad, me marginan y se van a dormir mientras mi cabeza hace su trabajo y la localiza. Y allí está, a un par de metros. Impasible. Todo en ella es "fugaz azul" -incluso sus gafas- menos los ojos. Mi aburrimiento encuentra, por fin, su espléndida sonrisa, la que mi subconsciente persigue, agotado, desde hace tiempo. Aquella que descubrí en mi querida Julia, la que nos "cuénta cómo pasó" años atrás. La primera, la sincera. Abriendo puertas y enlazando puentes. Real y arrebatadoramente reveladora. Reconfortante.

Y el ruido de las musas, ¿no distrae? Tonterías. Hiperactividad tecleada de inseguridad hecha imagen en el caos de las redes. Una estafa de doble chequeo y colección de corazones. Las del sí, pero no. Las de atracción obvia y persuasión visual. Una fantasía.

Otra fuente en el camino: "La noche va entreabriendo/su puerta a las estrellas./ Mi alma, sin murmullo/ limpia fuerta y serena". Efectivamente. No murmulla, no inspira. Ella solo invita. Tranquila entre estrella(das), aunque diferente. Desde aquí sí que se pueden ver -las estrellas- alejadas de focos malignos y cometas artificiales que las ocultan en la gran metrópolis. Iluminan tanto como ella, ahora escondida, tímida, tras la pantalla de su ordenador (igual, a juego, azul). Como estas líneas, entre fuente y fuente. Deseando que me aburra para, luego, encontrarme. O al menos, intentarlo.

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