Columnismo

Esquizofrenia entre pañales

25.06.2016 @juanmcfarlane 4 minutos

A mí la campaña me ha llegado de sopetón, sin anuncios, sin heraldos. De pronto he visto a los contrincantes como en una visión, endiosados de esperanza, juntos y revueltos de formas que no me había esperado. No hay mucha diferencia entre ellos, al menos en lo táctico; todos intentan a su manera encajar o que no los desencajen en estas nuevas Cortes que se avecinan. Las estrategias se suceden, los ataques toman el relevo del llamamiento a la unidad, el optimismo cegato de todos los partidos inunda las televisiones. Nihil novum sub solem, que diría Salomón.

Tras varios meses desconectado del torbellino político, he de admitir que tenía ganas de reengancharme a la actualidad. Ahora, sin embargo, descubro con cierto estupor mi suerte de conservar todavía el estómago que muchos han llenado a reventar con la legislatura más corta. Acuerdos, pactos, viajes, juegos, ahora tú, ahora yo, nuevas elecciones, precampaña... mucho por digerir. Tengo mucha suerte de haber llegado ahora, para el postre, por mucho que este siga siendo demasiado empalagoso.

Es cansino. Especialmente en una sociedad acostumbrada al ataque unilateral más que al debate, a un turnismo que era portada una vez cada cuatro años o con un juzgado de fondo. Ahora los periódicos vierten ríos de tinta cada día sobre política — otra suerte la mía, o más bien consuelo, de al menos no alimentar la hoguera con más papel. Pero no son los periódicos. Las grandes máquinas del aburrimiento son las televisiones, que emiten desde desayunos informativos a programas nocturnos de debate, pasando por el nuevo invento mágico para generar audiencia: la "nueva política" reality show.

¿De verdad queremos pasar dos días enteros con Albert Rivera? ¿No lo vemos cada mañana al levantarnos y cada noche al ir a la cama? ¿De verdad nos ilusiona ver a los candidatos a presidente rodeados de niños que los interroguen? ¿Hace falta, con el aburrimiento que sufrimos ya, encontrarnos a los cuatro fantásticos – ¡cuatro, que dan el doble de juego y titulares que antes! ‒ a todas horas y por todas partes?

El cabreo popular que caracterizó el mandato de Rajoy lo ha sustituido ahora el tedio. No, no quiero verlos más que a mi familia, gracias. Que me dejen respirar. Me interesa la política, me importa mi país, pero ni de uno ni de otro voy a hacer mi religión. Ni mi menú.

A mi entender, el mayor exponente de esta nueva política tan cansina es Pedro Sánchez. El pobre anda perdido, tanto que ya no sabe ni por dónde va por la calle. Asume muy bien su papel de socialista típico, atacando al PP siempre que puede como argumento universal. Pero aquello de perder el liderazgo de la izquierda no lo sabe manejar. A mi juicio, tiene más frentes abiertos de los que puede capear al mismo tiempo. Le caen mal todos, aunque sepa que debe pactar, porque, por muy jovenzuelo que sea, sigue con ese esquema mental polarizado, el del tú más y yo mejor, de la vieja política. Quizá sea una versión moderna, millennial (Pdr Snchz, para servirles), de un Zapatero venido a menos. Desde luego, no es tan hábil como pensaban en el PSOE. Ni tan guapo, ni tan joven, ni tan nuevo, ni tan nada.

Una cosa sí que es. Infantil. En cada uno de sus movimientos lo acompaña esa sonrisa de suficiencia del chulo de instituto que se niega a hablar con ninguno. Porque él lo vale. Porque en un debate es mejor posar a cámara y reírse del otro que escuchar lo que dice. Porque el orden de los factores altera el producto. Porque en los mítines se crece con sus anécdotas aprendidas de memorieta y las recita con aspavientos de orador mediocre pero entregado. Vive en su burbuja, henchido por el propio orgullo y la convicción de que le toca ser presidente. A ser posible, antes de que la música deje de sonar y su amiga Susana le empuje de la silla, echándolo del juego y quizá hasta del cumpleaños.

Probablemente no me enervaría tanto escucharlo hablar si se limitara a hacer el papel. En realidad, lo que verdaderamente me molesta de su actitud es el convencimiento de que España está llena de gente como él. De niños de cuarenta años que se quedan con cuatro eslóganes mal dichos y sonríen con autosatisfacción. De simples, de tontos, de pequeñines a los que tiene que convencer de que él es mejor que nadie. Los demás son, por supuesto, el coco que votó en contra o el hombre del saco y del sobre. Cada vez que lo veo dirigirse a los ciudadanos, me siento insultado, y el postre que a duras penas había tragado se me revuelve en la boca del estómago. Lo siento, señor Sánchez, pero yo no soy como usted. Y estoy convencido de que hay mucha más gente que tampoco lo es. Al fin una buena noticia para España.

Al ritmo que va, a Pedro Sánchez le auguro una corta vida política, y no sin cierta satisfacción. Visto su éxito con los niños, quizás en vez de un escaño le sentaría mejor una trona. O toda una guardería para almacenar su ego.

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