Columnismo

Fantasmas en el confesionario

A ti, mi cama

15.12.2016 @juanromerafadon 3 minutos

Decía Unamuno que, tras la muerte, la vida continuaba para todos menos para el que había dejado de existir. Aun así, esto no era consuelo, pues no serían otros sino ellos los que un día tendrían que partir hacia la siesta eterna. "¿No es, entonces, el género humano una procesión de fantasmas?", se preguntaba el bueno de Miguel.

Yo, unamuniano de biblioteca, de citas, de boquilla y pacotilla, pienso que tan solo soy un fantasma que descansa las horas que le dejan en su cama. Esa en la que uno piensa que va a enfilar el camino del descanso eterno y al final siempre acaba despertando. En Málaga uno despierta a 10 grados que luego son 20, más humedad que en las trincheras de Normandía, y en plena metamorfosis con las sábanas. No hay colcha, ni edredón, ni sábanas, ni personas. Solo el revoltijo de telas y carne hecho uno. Cuando uno hace el esfuerzo de salir de la cama, está rompiendo con la zona de confort a la que ha estado atado toda la noche. Metafóricamente, es el paso del mito al logos. El sueño del que uno es rey y señor. Irreal e irracional. Tontorrón pero vivo reflejo del descanso cipotudo. Pero despojarse de las vestiduras, con las que uno espera recibir a la Corte Real por las mañanas, es la supremacía del vitalismo. Es romper con la alienación del colchón burgués. Es el hombre mediocre que renace de las cenizas, como el Ave Fénix, español y válido, que ha roto con la tradición que le ha atrapado durante no demasiadas horas, para convertirse en el Superhombre. Pero yo sigo en la cama.

Metafóricamente, es el paso del mito al logos. El sueño del que uno es rey y señor. Irreal e irracional. Tontorrón pero vivo reflejo del descanso cipotudo.

Mi relación con ella es la utopía de una persona que espera encontrar el sueño perdido en los cafés de las 8 de la tarde. Luego, la misma historia de siempre: el despertador que suena y mi descanso que no llega. Por eso me encomiendo al Santo clavo ardiendo, que son los cinco minutos más; esos que, según teóricos, forman parte de una teoría conspiratoria con la que se pretende abolir las ilusiones mañaneras de cualquiera. O no son cinco, o no son minutos, tan solo un ronquido insuficiente que algo intento aliviar con la siesta del Obispo. Antes de levantarme rezo para que esto no sea más que una pesadilla. Oye Tú mi ruego, cama que no existes/ y en tu almohada alejada recoges mi quejas/ Tú que a los soñadores nunca dejas sin descanso/ ... / No eres cama, sino Idea. Y así la abandono al marcharme. Pensando en que algún día me vengaré por haberme abandonado y que sobre ella caerá la furia de la avaricia y el egoísmo analógico, esa que rodea el camino del hombre recto por todos lados.

 

Me acuerdo aquella foto de Miguel de Unamuno tumbado en su cama en aquel invierno del 36. Todavía quedaban semanas para que abandonara este mundo y cogiera la papeleta de sitio y el cirio con el que haría la penitencia en la procesión de fantasmas. En aquella imagen, don Miguel posiblemente estuviera recordando sus vivencias más aventureras. Quizá se acordó de aquella vez en la Millán Astray le espetó: "¡Muerte al sueño! ¡Viva el sindescanso!". Entonces el vasco, con voz pausada, con anteojos quevedianos y barba desaliñada, le respondió: "Dormiréis pero no descansaréis".

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