Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Adiós y gracias

08.11.2018 @juanromerafadon 3 minutos

De pequeño, solía ir a una tienda de complementos que tenía un cartel en la puerta que rezaba así: "Al entrar, se dice hola; al marchar, se dice adiós y si alguien te ayuda, di gracias". Lo cierto es que a mi madre no le gustaba demasiado esa moralina. Supongo que sería por querer incidir en un protocolo dado por sabido. ¡Cómo si nosotros fuésemos tan maleducados de irnos sin hacer algunas de las tres cosas!

Cuando hace unos días acordamos que esta semana sería la última en la que una columna de El Reverso desfilaría por Twitter, no pude hacer otra cosa que acordarme de aquel cartel. Casi por instinto. Caí en la cuenta que sería la mejor manera de firmar mi punto y seguido. Con muchísima pena esperé todo lo posible para decírselo a mis padres, demorándolo en el tiempo y dejándole el problema a mi yo del futuro para que él apechugase con la situación.

Aquí sobrevolarán aquellas historias que nunca vieron la luz. Durante muchas noches pintarrajeé la estantería que tengo encima de mi cama con pequeñas frases que algún día me servirían para la columna. Ahí queda Mi Lolita o el día que pensé que sería buena idea hablar sobre la apropiación que hacemos de los libros una vez que los compramos, bautizando cualquier obra con el pronombre posesivo. Queda mi anhelo de escribirle al París nevado que conocí en 2013 y del que no me he olvidado ni un solo día; a la tarde de toros en la que hablé con Iván Fandiño y me regaló una oreja, justo 5 años antes de que Provechito se lo llevara para siempre a las páginas trágicas del toreo. Siempre quise contar que, La tarde en la que conocí a Fandiño, el de Orduña iba vestido de verde. Yo lo recordaré de blanco, que es el color de la gloria.

Sin embargo, también recordaré este medio por lo que sí se contó. De cómo Córdoba nos regaló una segunda parte en Bruselas en la que ganamos la Liga Nacional de Debate Jurídico; de cómo Pedro Simón habló del periodismo, del fracaso, del acierto y de lo que no se pudo decir; de aquella historia de Ignacio Camacho que finalizó con la despedida de Sánchez por la puerta de atrás. De Tom y Jerry, de los bares en aquel pueblo de verano, del nos matamos, de la lucha de Alcántara con el boxeo y de todo lo que ha tenido un hueco en el dominio de esta web durante tres años.

Quedará constancia aquí de mi agradecimiento más sincero a cuantos me (nos) leyeron, compartieron, respondieron, comentaron o criticaron, porque ellos son la base que construyó un proyecto que comenzó con la historia de un jardín del que, afortunadamente, supe salir. Esa noche escuchaba a Mascagni y esa será la banda sonora de mi principio. Pero si tengo que dar las gracias a alguien, en especial, es a la vorágine que compuso desde primera hora El Reverso, y con mención destacada a mi compañero Demófilo Peláez, con el que tanto discutí y del que tanto aprendí.

Pasará el tiempo y El Reverso será por siempre la primera piedra que puse en mi camino. Llegué sin decir hola, y no quería acabar sin despedirme. Adiós y gracias.

 

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