Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Andalucía, la de España

26.05.2016 @juanromerafadon 3 minutos

En La España de Demófilo Peláez, a diferencia de en Flandes, nunca se ponía el sol. En ella no había Corona, pero el Lorenzo invadía los rescoldos más comunes de la vida patria. Hasta convertirse en eso, en su España. Polònia no era moneda de cambio; Manolete llevaba un bigote de Súperhombre; "Woody Allen y Diannie Hall Keaton paseaban por esa españolísima Nueva York, que ya podría haber sido Nueva Albacete" decía. Su España era un alter ego del intelectualismo de la historia, del mundo. Pero en esa España faltaban 87000 km² de costumbrismo, que era Andalucía. La Andalucía invertebrada que cosía la marquesa Susana con agujas de espino. Separada por la cremallera del desarrollo, más despegada la una de la otra que la siamesa relación Cataluña-España. Rota en dos polos opuestos. Atraídos entre sí: la rural, y la del litoral.

En la primera, la tierra labrada compite para ser vista desde el espacio con la Gran Muralla China. Las letras forman parte de un futuro desconocido. Las hoces y los martillos se guardan en cajas y en papeletas, y con ellas se sesgan las esperanzas del avance jornalero. Los vestidos de flamenca llevan los bajos salpicados por el barro de las orillas del Guadalquivir. El momento de levantarse no es a las seis de la tarde, como piensan los verdaderos paletos; es cuando la estrella madre da los buenos días. Hay que ganarse el parné. De Alcázares aromáticos de romero gitano y de fortuna. Donde el verde olivar de aceituna jienense se mezcla con el rojo sangre de toro y los destellos de la terna de azabaches. En esa Andalucía en la que las siestas de junio arrebatan la vida de una pobre carbonerilla quemada; en la que a Platero -pequeño, peludo y suave- lo llevan en romería a visitar a la Virgen de la Cabeza, y en las que las marismas son Rocío de Blanca Paloma. Cada siete de Nissan, esa Andalucía se viste de capirote de ruan y suena a tambor ronco. El señorito don Guido, muy galán y algo torero, que tras la montera guarda los contratos de sus propiedades. El latifundismo andaluz.

Pero en las antípodas manidas por la humedad mediterraneoatlántica, Andalucía amanece entre las sombras de rascacielos y parques tecnológicos con sabor a turismo. Sí, hay aceitunas como en Jaén, pero en los chiringuitos se sirven gambas hechas a la brasa y gambas hechas al sol con acento extranjero. Casi de guiri. Las chanclas se llevan con calcetines por las playas de Arenas Moreno. El miarma y el capitalino visten traje de corto, de medidas justas y sombrero de ala ancha, algo caído que oscurece la copa de Manzanilla. O Fino, no se mosqueen los jerezanos. Y entre tanto los vestidos de luces sí llevan oro. El capirote de ruan ahora es de tercipelo. Y platero se ha convertido en el corcel de calesa engalanada. Sin tópicos, una Andalucía que levanta la cabeza ante los latigazos del deterioro político, económico y los cazurros desconocedores de la tierra de folclore y sudor. Pero una Andalucía que ha visto parir a Machados y Quinteros. Que ha llorado con los amores de Lorca y se ha alzado con el puño de Alberti al otro lado del Atlántico; cuyo cubismo picassiano se ha enderezado con el idealismo de Revello de Toro y el realismo de Antonio Montiel.

Parece que además del alma mater artístico andaluz, también nos une la idiosincrasia fonética: la s aspirada y la r pronunciada con suavidad: ERE. Pero a golpe de recorte y saqueo nos seguiremos levantando y pidiendo tierra y libertad. Todo sea por una Andalucía libre. España y la Humanidad.

 

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