Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Basado en hechos reales

09.06.2016 @juanromerafadon 4 minutos

Hacía algo más de media hora que se había marchado y aún quedaba impregnado en la atmósfera el aroma de los viejos libros de monografía clásica latina. “No tardaré demasiado. No me llevo llaves”, dijo antes de marcharse. Sabíamos que ese timbre sonaría más temprano que tarde, y que uno de los dos tendría que levantarse. Ante el nerviosismo por conocer el capricho del azar, decidimos continuar con nuestras respectivas tareas: Él, con sus apuntes de infecciosas; yo, con mi tomo de física cuántica. Y entre el tic-tac de los puntuales ingleses, las hojas avanzaban a un ritmo rápido, quasi  acompasadas al minutero. Finalmente llegó la hora, el tiempo se agotó y el timbre acabó sonando. “Te toca a ti”, y me tocó a mí. Mientras avanzaba por el pasillo, el orden del universo no me permitía imaginar otra cosa que no fuera ella. Con los libros en las manos y algún que otro chorreón de sudor. Es lo que tiene subirse a la azotea a la leer.

Lo más común en cualquiera hubiera sido abrir sin dejarle paso a la duda. Pero no, en un acto de desafío a la razón decidí posar mi ojo sobre la fría mirilla, y al momento quedé paralizado. Sobre los cinco centímetros de madera que nos separaban, la silueta de una persona cubierta hasta la cabeza por lo que parecía una túnica negra se apoyaba de espaldas a la puerta. En un ángulo imposible, la persona entornaba la cabeza para que su perfil izquierdo se hiciera real a través del cristal. Paralizado por la impresión, no tuve más remedio que pactar con el silencio, que se adueñó al instante de mí. En su facción, las arrugas marcaban los afluentes de su piel.

Soltando un fino hilo de voz hizo la pregunta que me heló: “Señor, ¿me puede abrir?”. Yo no había hablado, no podía saber que era un hombre quien había dentro de la casa. Me horroricé: alguien, de quien nunca sabré poco más que lo contado, había logrado que entrara en pánico. Tan solo con su voz; tan solo con su mirada. Rápidamente llamé al que hasta el momento era mi acompañante de estudio. A la carrera, volví sobre mis propios pasos para avisar, con la palidez de mi rostro, que la Parca llamaba a nuestra puerta. Fuimos nuevamente a la entrada y, mientras él volvía a mirar por la puerta, yo esta vez me acercaba al cuarto cajón de la cocina para, en un intento de ser protagonista de Psicosis, coger el cuchillo de deshuesar. Mientras la sangre volvía a circular por mi propio cuerpo, pensé que era un poco exagerado insinuar que la Muerte, guadaña en mano y en el punto muerto de la mirilla, nos estaba visitando. Es posible que se tratara de alguien que tan solo pidiera comida, o dinero. Que lo que le cubría la cabeza no fuera la capucha en la que guardaba su sentencia de muerte, sino un solo velo de respeto.

En cada segundo, un pétalo de descabelladas posibilidades iba cayendo al suelo. Ante el silencio de Carlos Palomar –mi compañero de estudio-, la visitante acabó marchando; dejando bajo su túnica una estela de estereotipos enjuiciados que no acabaron ahí. Antes de que llegásemos al salón de estudio caímos en la cuenta de que Isabel seguía en la azotea. De inmediato, y sin dudarlo ni un segundo me hice con el cuchillo (en este caso el corto) y subimos los escalones de dos en dos, intentando evitar cualquier traspié. Como marca el guión de la normalidad, todo estaba en orden; pero en un respetuoso culto a la fortuna y al destino pusimos rumbo al interior del edificio.

Jugueteaba con la hoja del cuchillo sobre mis dedos, notando como peinaba mis huellas dactilares. Mientras echaba la llave que protegería mi casa y mi egoísmo, vi en el suelo una carta que no estaba cuando salí. En ella se encontraban las esperanzas de una pobre mujer que tan solo buscaba algo de comida, o unas pocas monedas que le permitieran hacerse con un trozo de pan. Dentro de ese sobre, la rosa que me convertía en bestia y que no me permitía ver más allá de la imagen carnal y efímera de la persona. Por cada pétalo que estaba destinado a caer, mis posibilidades de liberarme de los grilletes del enjuiciamiento discriminatorio se reducían.  Y dentro de la casa solo quedaron los apuntes, la rosa y la bestia. Fuera de ella, el hambre y la túnica negra.

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