Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Cada san Juan

23.06.2016 @juanromerafadon 4 minutos

El litoral español brillará mañana durante toda la noche con luz propia. Las olas serán reflejos de las llamas de sombrillas, hamacas y carbón comprado honestamente. No todo es salvajismo, pero sí que es una manera de saciar las necesidades de nuestro ADN más prehistórico. Roque Daltón nos escenifica la atmósfera que se repetirá en tantas playas: Entre las piedras y el fuego, /  frente a la tempestad o en medio de la sequía, / por sobre las banderas del odio necesario/ y el hermosísimo empuje de cólera.

En un ecosistema de motivos por el que prender una hoguera, las botellas de ron barato crecen y se entremezclan con las cenizas que surgen de la fogata. La lluvia gris se aviva con apuntes de los estudiantes que, ansiosos por descubrir las notas que abrirán las puertas de su futuro, desafían las leyes del medioambiente para demostrar no sé qué rebeldía o no sé qué desahogo. Paradoja, estando el mar tan cerca. Para otros es también un ajuste de cuentas; hoy me llama un amigo y me dice que él, aunque se reconoce muy culto, quiere quemar sus libros de bachillerato de años anteriores; que el Árbol de la ciencia y Luces de bohemia deben ser pasto de las llamas. Me cuenta que el único árbol que esta noche debe existir es el que se pueda usar como leña y que la buena luz es la que resplandece fruto de las llamas. Yo le digo que no sea hereje y que es preferible que queme carteles de la campaña y papeletas electorales pero claro, con esto de la austeridad, el pobre se encuentra sin nada que echar a las brasas y me justifica que es un mal menor. Afortunadamente en los teléfonos existe la opción de colgar sin dar explicaciones.

Pero entre el ruido de los woofer, alguna arcada de alguien que ha buscado rollo de una noche con la del culo de cristal y las sirenas de las ambulancias que vienen en búsqueda de los románticos del etanol, yo, hastiado de semejante bacanal, consigo percibir otra música. Aunque no lo vea, las rocas castañean agitadas por las olas que mueren al llegar, en este caso, a la orilla. El crepitar de la madera y las ascuas que descienden mientras pierden calor y caen sobre la tapa de una caja de pizzas se coordinan armónicamente con algunas risas que hay alrededor de la hoguera. No todo es tan terrible, y eso me invita a acercarme al epicentro de la “fiesta”. Mientras me integro entre un grupo de nuevos amigos, veo algo que me deja cautivado.

Las llamas se entrelazan con la sonrisa de alguien a quién no identifico. Está enfrente de mí y el fuego no quiere que nuestras miradas se entrecrucen. Disimulando mi interés y haciendo alarde de mi discreción comienzo a girar alrededor de la fogata, hasta ponerme al lado suyo. Aunque el calor hecho imagen ilumina bastante, no consigo tener una impresión nítida de cómo es. Ella, poco a poco, comienza a dejarse ver. Los pómulos (sonrojados por la alta temperatura) delimitan su rostro como si de un clarooscuro se tratase. En sus pupilas se reflejan las llamas que nos han presentado y sus ojos, clavados en la arena, intentan ocultarme su propia alma. Cuando sale de su castillo de timidez empiezo a percatarme de su belleza, y de que no todo lo que engloba san Juan es tan horrible. Pero las doce llegan siempre y aunque por suerte esto no se trate de la Cenicienta, ella tiene que irse. Antes de marcharse me pide que le ayude a buscar sus chanclas. Son las únicas palabras que me dirige. Por suerte, nuestras manos se rozan cuando encontramos la última y los dos, con decisión, intentamos cogerla. Me despido de ella mientras le acaricio la mejilla y se va entre los fuegos que han nacido en la playa.

Todo vuelve a la más absurda realidad: el hedor de la basura acumulada y los plásticos quemados empobrecen esa escena que hubiera sido digna de un libro de García Márquez. Desde ese momento sigo detestando san Juan, pero sin ninguna duda vuelvo cada 23 de junio por la noche para rebuscar entre las lumbres y poder cruzarme con su mirada; aunque solo sea por unos minutos, aunque no intercambiemos más palabras que “¿me ayudas a buscar las chanclas?” Y entonces volveré a saber que todo habrá acabado. Y tocará volver a empezar.

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