Columnismo

Fantasmas en el confesionario

De cañas con Pitufo Gruñón

12.05.2016 @juanromerafadon 3 minutos

En el ecuador primaveral, España amanece vestida de chubasqueros y paraguas en mano. Los campos de fútbol cubren las prestaciones de una piscina de waterpolo, el cultivo de secano hoy es una paradoja y los rocieros buscan en los armarios los mejores trajes de neopreno. Sí, no cabe duda, el tiempo es una mierda para ser mediados de mayo, pero… ¡qué más da! Haga frío, llueva o diluvie siempre apetece una buena cervecita bien fresquita ¿para qué? Eso a gusto del consumidor: tu equipo juega la final de la Champions, te han ascendido en el trabajo o simplemente has cumplido tus metas como bróker. Las opciones son variables, pero si hiciésemos un ranking con los brindis más excéntricos, en el puesto número uno estaría Alberto Garzón.

El malagueño (y exquisito) deja la misma huella en la historia de su partido que el caballo de Atila por los pueblos conquistados por los Hunos. Si no fuera poco el haber alcanzado los segundos peores resultados de IU, ahora ha decidido proponerle a los izquierdaunilovers un harakiri colectivo. Una orgía democrática en el que parece que poco importan las abominables prácticas sadomasoquistas que algún que otro chillido de dolor le va a provocar a Alberto.

Pero es que los tiempos cambian, y Pitufo Gruñón y Gargamel se han vuelto a hacer amigos. Ahora salen juntos y se toman sus chacolís al acabar las clases. Mamá Pitufo se entera y le dice: “No me gusta que salgas con ese tal Pablito. No es de fiar, ya sabes que siempre te acaba quitando tus amigos”. Pero Pitufo Gruñón pide una nueva birra y celebra su amistad mientras toma el que puede ser su nuevo sillón ministerial. Al poco rato llega el rey Gaspar, papá Pitufo (el histórico comunista trajeado de puño en alto y militarismo intelectual) para decirle que no, que se deje de tonterías, que Gargamel es un interesado. Que si de verdad hubieran hecho las paces no le pondría quinto en las futuras listas. No sirve de nada, el amor es ciego y cegador, y ahora Alberto es mucho más popular gracias a esta unión.

Parece que la cosa se quedará en un punto y seguido, pero hasta el momento todo apunta que la historia de IU y su antepasado, el PCE, se verá devorada por una fuerza que poco tiene de aquellos principios revolucionarios y fidedignos. De Gala, Carrillo, Pasionaria, Alberti y Anguita al rebufo de la soberbia de coleta morada; sí, esa que ha aglutinado a más de 5.000.000 de personas el pasado 20-D, todo hay que decirlo.

Mañana viernes veremos si las encuestas atinan en sus predicciones, pero parece que serán pocos los que prefieran tomar una copa de vino con Llamazares y muchos los que se vean sucumbidos por el hipnótico poder de la cerveza. Los treinta años de IU y otros diez de PCE remplazarán los papeles de los servilleteros, y la mugre manchará tan digna lucha y revolución.

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