Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Dos años de soledad

21.04.2016 @juanromerafadon 3 minutos

El tempo de la vida va en crescendo; ya no se mide en horas, minutos, ni tan siquiera segundos. Los cambios se producen a ritmo de fusas, e incluso me atrevería a decir que de semifusas. Mas no se vayan a pensar que quiero hablar de música, tan solo encontrar ese símil que me permita reflejar lo efímera de la existencia. Mera reflexión, mera verborrea. Mas todo esto tiene su por qué: ayer, mientras buscaba en la que fuera la biblioteca de mi abuelo Rinconete y Cortadillo: la España pícara, mi dedo índice –que me guiaba cual lazarillo entre los tomos- se paró en seco, de forma instintiva, sobre un ejemplar más que conocido, Cien años de soledad. Al instante me percaté de que el domingo se cumplieron dos años desde que El Maestro nos dejara. Sí, García Márquez. Sí, Gabo. Esa métrica desorbitada que hemos incorporado a nuestro metrónomo personal y que, en mi caso, me ciega ante una conmemoración de semejante calibre.

Ese día, en las portadas de los periódicos del mundo no había Noticias de un secuestro, a lo sumo un crespón negro igual que hubiera en Riohacha después de la tragedia perpetrada por los hermanos Vicario. Es posible que el día en el que iba a morir soñara con árboles, igual que Santiago Nassar lo hiciera 63 años atrás en el pueblo colombiano. Pero no cabe duda que tan solo pudieran ser sauces llorones, esos que lagrimeaban sabiendo que serían el último recuerdo de Gabito. La mala hora llegó, pronto, como siempre. No desembocó en una guerra civil, ni tan siquiera en una guerra. La herencia, clara. Esa soledad que duraría más de cien años. De hecho, lo hará por toda una eternidad;  pues la humanidad sabrá que, como a aquel Coronel, no habrá quien nos escriba cartas, ni crónicas. La literatura universal ya puede componer el Relato de un náufrago, pues ha perdido uno de los pilares que han edificado las letras del siglo XX. Mercedes Barcha tampoco verá su nombre en la primera página de ningún libro.

Pero después de la tempestad siempre llega la calma. Ya pasamos la rabia, la impotencia, la angustia, el cólera. Nuestra fase ha desembocado en los ríos del amor, esos que mueren en Macondo. La única esperanza que nos queda es que, como pidió Gabriel, “los hombres no viajen en primera clase y los libros en el vagón de cargas”, pues de ese departamento no podrán salir nunca más Ángela Vicario, ni Aureliano Buendía, ni Florentino Ariza, ni Maruja Pachón de Villamizar; y será en ese momento cuando el Realismo Mágico resucite a todos los muertos, y éstos puedan rendirle su peculiar homenaje al maestro. De esa forma, cobrará sentido aquello que dijo El Coronel: “La vida es la cosa mejor que se ha inventado”.

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