Columnismo

Fantasmas en el confesionario

El asador Illumbe, el crimen de la clavícula de cochinillo

22.12.2016 @juanromerafadon 4 minutos

La Navidad siempre parece buena fecha para adentrarse en un viaje familiar a los lugares de siempre, los de toda la vida. Hace más de siete años que no paso Nochebuena fuera de casa, pero todavía recuerdo la última lejos de Málaga. Aprovechando una visita a unos parientes, decidimos pasar las Fiestas visitando los rincones de Castilla y León. Siempre he tenido curiosidad por descubrir la gastronomía típica de los lugares que visito y, como es lógico, Segovia ocupaba una de las posiciones predilectas. No recuerdo bien cómo se llama aquel pueblo de interior que, como todos los pueblos castizos, tenía una plaza en la que concurría la calle principal con el ayuntamiento y la iglesia, además de los cuatro ancianos habituales que llevaban boina y bastón. A veces comían pipas. Otras, simplemente recordaban; era lo único que les quedaba a aquellos hombres cuyos nombres seguramente coincidían con la onomástica de su nacimiento.

En una de las empedradas calles que circundaban la plaza del pueblo estaba el asador Illumbe. Hasta aquel momento nada rompía la normalidad: el calor de una chimenea que funcionaba a la vez de calefactor y de horno; el olor a sopa hirviendo; una mosca de taberna volando en zig-zag... El camarero, un hombre gordo que llevaba una camisa blanca manchada debajo del delantal, se llamaba Eusebio. Asomaba la tripa entre los botones que estaban apunto de estallar, y era el nieto del fundador de aquel asador. Eusebio III. Iluso de mí, pedí aquel cochinillo que llevaba kilómetros deseando probar. Quizá con la misma frivolidad que si hubiera nombrado a Voldemort en Hogwarts, todo el restaurante se quedó en silencio mirando nuestra mesa. Hasta la leña dejó de crepitar. La maldita mosca no, ella seguía zumbando entre los comensales. Eusebio III cogió una silla sobrante y le dió la vuelta para sentarse apoyando sobre el respaldo su enorme tripa. Tenía poco pelo pero se lo echó para atrás y, mientras se limpiaba con un pañuelo grasiento las diminutas gafas, preguntó: "No son de aquí, ¿verdad?". Entonces nos enteramos de por qué aquel restaurante era el único de toda Segovia en el que no se servía cochinillo. La historia tenía nombres y apellidos: Jaime Madero.

Billy el Cerdo, como se le conocía, era un puto vaquero sacado de contexto. Y no de esos mayorales que cuidaban las reses de Valdefresno, no. Un vaquero de los americanos. Había nacido en 1907 y fue uno de los alcaldes más jóvenes de Segovia cuando se instauró la República. Nadie recordaba a qué partido pertenecía porque la historia lo había olvidado. Tan solo se había mantenido viva la llama de su buen hacer durante esos años. En 1936 fue expulsado de su cargo y despedido del pueblo entre abucheos. No consiguió ser profeta en su tierra y durante mucho tiempo estuvo en el olvido, construyendo su personalidad antagónica del Ranger Textas.

"Billy era un puto vaquero sacado de contexto"

Billy el Cerdo volvió transformado en un actor de western. Llevaba siempre las botas llenas de polvo y de barro, de ahí su apodo. Lucía unas patillas y un bigote espeso que le temblaba al hablar. Su edad le había condenado a lucir una melena canosa y brillante por la grasa del pelo. Billy era la inspiración de Sergio Leone, fumaba Toscanos antes que Clint Eastwood, tenía un perro que se llamaba Apalusa y siempre daba propinas. Todo el mundo sabía dónde había estado porque dejaba un sendero de colillas, igual que en Hansel & Gretel. Billy el Cerdo estaba lleno de odio y sed de venganza y, en 1947, se enteró que aquel insurrecto que le había echado del cargo estaba comiendo en el Illumbe. Enfundado en su sombrero de cuero y su pañuelo rojo al cuello, se sentó al fondo del salón y le pidió a Eusebio I una botella de vino. Reconoció de inmediato la voz de Ramón Herrera, el hombre que le sustituyó. Ninguno de los comensales era consciente de que iban a ser testigos del crimen que le diera fama a aquel pueblo. Ramón Herrera conversaba tranquilamente con sus concejales cuando pegó una voz: "¡Eusebio, este cochinillo está seco!", se dio la vuelta y continuó hablando. Billy el Cerdo se acercó por la espalda. El alcalde ni se inmutó pensando que era un camarero. Lo cierto es que estaba arrancando un trozo de clavícula del cochino. Con suma firmeza se lo clavó en el cuello. "Lo dejó más seco que el plato", afirmó Eusebio III. Aquel anacrónico vaquero se terminó de fumar el Toscano, echó la colilla sobre el cadáver y pusó en su sombrero unas pocas pesetas con las que se compraron flores para su entierro. Al florero le pagaron con monedas manchadas de sangre.

"Lo dejó más seco que el plato", afirmó Eusebio III

 

"La historia nos ha condenado a mantener abierto el Illumbe. Ha cobrado más fuerza su leyenda que su crimen", nos aseguró con cierta pena Eusebio III. Esa tarde nos enteramos por qué no servían cochinillo desde hacía casi 70 años. Nos tuvimos que conformar con la historia de un hombre que primero fue alcalde en Segovia, luego desterrado de su cargo durante más de 10 años sin casa ni cama; fue proclamado héroe de su pueblo, besado por las reinas castellanas, hecho rico por la fama para acabar siendo recordado por su crimen. Yo pedí cordero; mis padres, revuelto; mi hermana, huevo frito. En la puerta había 5 duros. Supongo que serían de Billy.

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