Columnismo

Fantasmas en el confesionario

El jardín de España

18.02.2016 @juanromerafadon 4 minutos

Intentando encontrar un nexo unión entre la variedad de conceptos y conocimientos adquiridos en el taller sobre periodismo literario en la casa de Gerald Brenan (autoría de Cristóbal Villalobos y Jesús Nieto a los que hay que agradecer su labor), busco entre mis notas algunos atisbos de iluminación que permitan mostrarme (aunque sea intuitivamente) el camino que tomar para lograr un buen artículo en mi estreno en El Reverso. Mi vista se va directamente a los nombres subrayados, precisamente a los columnistas más prestigiosos de la historia del articulismo en nuestro país: Umbral, Raúl del Pozo, Alcántara, Camba… Igualmente encuentro algunas citas interesantes que intento que me guíen: “El artículo es el soneto del periodismo”, “poética, política, polémica”. Procuro sacar un buen producto de semejante combinación, sin resultado alguno. Ante el nerviosismo por la incertidumbre decido bajarme del autobús y buscar la inspiración en el jardín botánico de la Universidad de Málaga.

Entre los recovecos de mi lucidez imaginativa, algo aturdida por el frío y la espesa niebla, aprecio a lo lejos un jardinero alto y delgado con algunas canas pese a su relativa juventud (no me atrevería a decir que ha cumplido los cincuenta) que camina muy nervioso, casi tanto como yo, y maldiciendo en alto a unas cuantas flores que hay en un arriate. Impacientado por la curiosidad, me dirijo con expectación al floricultor y le pregunto (dudoso por la incumbencia de la pregunta) que qué le ocurre. Algo más serenado al apreciar mi presencia, me afirma con rotundidad que intenta salvar las flores que ha plantado, pero que la variedad de especies (que tanto embellece la banca) dificulta el cuidado de los brotes. “Cada una tiene sus peculiaridades, y parece que no saben convivir juntas” asegura, “¡y eso que parecía que iba a triunfar la armonía del escenario!” finaliza.

Explicándome el capricho de la naturaleza me comenta que las más de 120 Hepatica nobilis que hay plantadas absorben por completo los nutrientes de la tierra y que apenas queda para el resto de flores. Las rosas rojas, que no han alcanzado gran tamaño, atacan de manera agresiva con sus portentosas espinas al centenar de flores azules que acaparan todo el potencial nutritivo. No solo hay una disputa entre las 90 rosas y las Hepáticas, sino que los lirios morados, pese a ser menos de 70, cada vez invaden más el terreno de las rosas, aplastándolas por complejo y sin dejarle espacio a los casi cuarenta tulipanes naranjas. “Pensé que existiría una buena simbiosis, pero entre las espinas, la sobrealimentación, la invasión de espacio y las otras que no pueden tener su territorio, se ha transformado esto ¡en un desastre!” A ese señor se le veía agobiado, y al fin me presenta su solución: “Creo que lo mejor será que de inmediato acabe con todo este panorama e intente sembrar otras especies” y sin dudarlo ni un segundo alcanza un rastrillo y comienza a arar por completo el pequeño parterre. En seguida comienza a rebosar por todos lados el fango, manchándome los zapatos a mí y a un grupo de jóvenes que también visitaban la estancia. Muy agobiado por el estropicio formado se disculpa y antes de marcharse se despide diciéndome: “tengo que irme, por lo que parece tengo mucho trabajo por delante”, y mientras iba mezclándose con la bruma le recuerdo que no me ha dicho su nombre; “Felipe” me dice mientras desaparece. De eco resuenan las protestas de los visitantes, manchados con salpicaduras de tal odioso fango, sobre todo por la dificultad que presenta para eliminarse de las prendas y por lo que parece también de la sociedad.

Tras mi parón temporal me marcho de aquel lugar con una sensación extraña (casi parece un déjà vu de la nivola unamunesca por el juego de protagonismos en mi acontecimiento), molesto igualmente por el barro en mis zapatos y la cartera vacía tras haber tenido que pagar para que se pudiera mantener semejante desastre. Y es que este encuentro no ha sido una banalidad del destino, sino un esperpéntico reflejo de lo que lleva siendo desde hace unas semanas el órgano más importante que encuentra cobijo en Carrera de san Jerónimo y cuyos integrantes no tienen escrúpulos a la hora de mancharnos con el barro que nosotros mismos pagamos, ¡qué paradoja!

Ya en el autobús abandono el enclave surrealista y casi grotesco para terminar de rematar la primera columna en la tablet, con el sabor agridulce por no haber encontrado ese ansiado tema que me permitiera estrenarme de forma deseada en El Reverso; me quedan siete días para buscar en los claroscuros de nuestra sociedad otro asunto sobre el que tratar, reflexionar, o simplemente encontrar ese eje que centre lo divagatorio. Mientras tanto, pasen una buena semana, espero volver a encontrarme con ustedes el próximo jueves y, sobre todo, no olviden darse un paseo por el jardín de España.

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