Columnismo

Fantasmas en el confesionario

En la morgue

05.05.2016 @juanromerafadon 3 minutos

El martinete de cada mañana resuena en toda la habitación. Los rayos del sol revitalizan las ilusiones en un día nuevo. Pesan las sábanas, que le atan cual camisa de fuerza a su sueño. El susto al verse en el espejo esas ojeras le hace pensar que tienen más en común con su paciente de lo que se cree. Una vez liberado del edredón debe cargar con la cruz que le acompañará durante todo el día; los libros de texto y el fonendoscopio son los únicos camaradas del viaje. De la vitrina saca su mejor vestido de luces, ideal para la faena. Una bata blanca con un bolsillo en el pecho, del que sobresale un bolígrafo azul Bic con la punta mordisqueada. Ramón y Cajal sonríe desde la ventana. Pío Baroja también comulga de la felicidad del navarro. Cuando quiere darse cuenta se ha dejado los guantes de látex y antes de que regrese a su habitación, los fantasmas ya han desaparecido.

Bajo el arco por el que pasa cada día se lee “Morgue”. En la atmósfera se sienten los sollozos de Bernarda, enfrentada en sentimiento. Se lamenta pero piensa: “Como en casa en ningún sitio”. El Alba aún no ha abandonado la escena mañanera. Y con paso decidido nuestro personaje avanza, dejando un leve chasqueo al arrastrar sus cangrejeras de goma con el suelo. Justo antes de que llegue a su destino pasa al lado un encapuchado, guadaña en mano, que acaba de hacerle la visita diaria a su cliente; como si quisiera que no hubiera más vivo que el de la bata.

Bajo su capa, la Parca deja un reguero de formol. El picor desgarra la garganta y la nariz, pero ya está demasiado cerca para retornar su camino. La pesadez de la claridad ralentiza la llegada con el paciente. En el centro de la sala la camilla mortuoria, y bajo una sábana azul cielo el belorcio más real que jamás se haya podido imaginar. El celeste de las paredes crea un conjunto celestial que asusta; más aún si tenemos en cuenta que no es un libro, sino un muerto lo que hay debajo del embozo.

Con mimo y respeto retira la cubierta. La camilla ha cedido y el peso cadavérico ha flexado el soporte. Poco a poco empieza a observarlo y ve como en el pecho quedan restos de tinta de lo que en algún momento fue un tatuaje. En el dedo índice –rígido, imperioso y napoleónico- aprecia una quemadura convertida en grabado permanente. Tras la impresión inicial, el ambiente está cada vez más relajado; y con la máxima presión de sujetar con firmeza el marcador comienza a diseccionar. Poco a poco comienzan a fluir los conocimientos, y de esa relación simbiótica entre ese ser exánime y el estudiante surgirá, más temprano que tarde, un médico. Y es que cuando esa persona sea consciente, de ese muerto habrá podido sacar la poca vida que quedaba y que en un futuro disfrutará otra persona.

Una vez acabada la faena, todo vuelve a la normalidad. Los guantes acaban en la papelera que hay en la entrada, la bata en la bolsa y el marcador envuelto en su plástico. La sábana vuelve a cubrir ese rostro inexpresivo y con el portazo final la habitación se queda vacía de vida.


En agradecimiento a las personas sibaritas y apasionadas de la ciencia más bonita que existe, la solidaridad humana, capaces de donar lo último que queda de ellos a la investigación: su propio cuerpo.

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