Columnismo

Fantasmas en el confesionario

Era mi noche de Reyes

05.01.2017 @juanromerafadon 3 minutos

Decía Larra que el hombre necesita creer algo y que, cuando no encuentra verdades que creer, cree mentiras. Al final uno deja de vivir creyendo en verdades y empieza a sontenerse en los recuerdos. Pijo y rancio, bigotudo y engominado, Aznar presidió el Gobierno de mis recuerdos más primitivos; los regalices costaban 5 pesetas y yo llevaba un peto de Burberry a juego con unos botines beige. Mis Navidades (con el plus de Nochevieja y Reyes) eran siempre en un Madrid huidizo de la memoria y rescatado por la revelación de las fotos. La sacrosanta Plaza Mayor era confesionario y pila bautismal de los grandes celebraciones familiares. Todavía se redime en ella el espíritu de José Isbert buscando a Chencho. En ella siempre mi hermana, que poco o nada retiene de aquellas fechas, llevaba un globo de un dálmata de helio que solía acabar viendo la ciudad desde los cielos. Lloraba. Mi padre le compraba otro. "Esta vez el perro no saldrá de paseo", le decía. En lo de Lucio comíamos huevos revueltos y luego invitaban a los mayores a chupitos de carajillo. Para mi había mosto. Eran los preparativos a la cena del cambio del año, del cambio de siglo, del cambio de milenio. O del año de la Odisea. Ya ni me acuerdo.

En Ferraz 70 reinaba la calma todavía. Eran oposición y yo opositaba a porculero de la cena. Las bengalas eran mi pasión de la noche de Fin de Año y me consta que alguna vez ardieron las serpentinas por mi culpa. La Ley me protegió por ser menor de 14 años. Era inimputable. Un Übermensch sin pecado original que dormía en casa de su tía abuela dos bloques más abajo de la sede socialista. Cortylandia entonces no tenía ningún sentido comercial; la nieve artificial me decía que todos juntos fuéramos a cantar. Y yo cantaba porque creía en aquello que, como Larra, supe que era la mentira más hermosa que nunca dejó de ser verdad. La madrugada del 5 de enero al 6 aprovechaba para estudiarme el número de puntos que tenía el gotelé de las paredes. Había que matar el tiempo; estar alerta por si sonaba la puerta. Siempre entraban en casa cuando me estaba echando una cabezadilla. Reconozco que mi fracaso como niño fue no lograr verles nunca dejar los regalos. Los tres de Oriente contaban con ventaja, los camellos eran matrícula impar. Luego, como en la Última Cena, comíamos todos en un lado de la mesa para salir en la foto. Madrid fue testigo de cómo uno aprendió a comer las uvas al compás de las campanadas, de la Marcha Radetzky o del cambio de moneda. Puede que yo fuera testigo de un Madrid que no olvido.

"¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si tuviera que explicárselo a alguien no sabría como hacerlo". San Agustín

El tiempo pasó y la Capital dejó de ser nuestro destino predilecto. La casa de mis abuelos empezó a ser la tradición de la mañana de Reyes. La última que recuerdo con especial cariño fue en 2014. El árbol de Navidad estaba custodiado por los regalos envueltos en cariño. Los míos, en papel de periódico. No comprendí su significado hasta hasta relativamente poco. En aquella mañana de nervios devoramos el roscón. Yo recolecté la fruta escarchada que alguien con poco gusto había dejado a un lado del plato. Al rato se fueron todos. Servimos anís y mi abuelo contó aquella historia de cómo conoció a Melchor en 1987. Desde entonces, siempre hay una copa de más en la mesa. Y una esperanza especial en encontrarme con aquel Rey Mago de barba blanca y voz cansada. "Ven Juanito, ven...", me dijo una vez.

 

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