Columnismo

Fantasmas en el confesionario

"He estado cinco veces en la cárcel"

27.04.2017 @juanromerafadon 3 minutos

Es 31 de enero y han pasado tres minutos de la una desde que el autobús de la línea 11 hiciera parada en la Ciudad de la Justicia de Málaga. Cuatro personas suben. Dos avanzan hacia la parte trasera; los otros dos, un hombre y una mujer, se sientan en los espacios reservados a personas mayores, embarazadas y minusválidos. Él tiene más de cuarenta años. Ella más de sesenta y cinco. Parecen madre e hijo. O amigos. Antonio lleva una chaqueta negra de terciopelo, una camisa blanca y las New Balance atadas al tobillo como las sandalias romanas. Se ha dejado una perilla canosa que se le entremezcla con la barba de dos días y le hace juego con el pelo. También corto, también canoso. Antonio realmente no se llama Antonio, pero su rostro moreno y fatigado recoge el tradicionalismo español de su onomástica.

Se ha sentado en la butaca de fuera y María le pide que le cambie el sitio. "Tengo tan mal las piernas que no puedo ponerme dentro", le dice mientras apoya la muleta. Ese sí es su nombre. "Ahora cuando pare el bus me bajo rápido, que sino nos cierran", le comenta Antonio. María le da dos ticket verdes para poder entrar a un comedor social cercano que cierra a la una media. Ambos acaban de salir de juicio y comentan cómo ha ido. "¿Y ha declarado en tu contra?", le pregunta Antonio. "Sí, dice que ella iba paseando con su perrito y que yo saqué de la cintura un cuchillo amarrón. Vaya, una cosa así dice que era (señala medio palmo). Vamos, ni idea de cómo era. Se lo estaba inventando". "El juez le ha preguntado si tenía algún poblema anterior con María, conmigo. El abogado le ha dicho algo y nos han citado la semana que viene", termina sentenciando. Parece tranquila, pero puede que tan sólo sea la licantropía del nerviosismo, del miedo, del pánico. De la ida a una cárcel de la que Antonio ya ha salido cinco veces. "Por robar han sido todas", cuenta en voz alta. "Pero lo de la semana que viene parece peor. Tengo que ir a visitar al médico forense", le responde con cierta pena. Taconea en el suelo intentando calmar su nerviosismo.

Y Antonio cuenta su problema de este mes, o de este año. O de esta línea cronológica del fracaso. Con total calma confiesa que le acusan de secuestro de un menor, pero que a él no le asusta, que tiene la conciencia tranquila. Los padres iban muy colocaos, y eso le asustó. Pensó que podrían hacerle algo al niño e intentó llevárselo de allí. "Entonces todos, los padres, los tíos, los amigos, vinieron a pegarme. Me dieron una paliza terrible. Yo salí de allí como pude", pero los golpes no le dolieron. No tanto como la respuesta de la policía tras contárselo: "Queda usted detenido". Antonio no puede permitirse pisar la cárcel una vez más. Sería condenar su historia. Sería condenar su libertad. Sería condenarle. Esta semana tiene que hablar con su abogado y espera que le absuelvan. "Yo no he intentado secuestrar a ningún menor". Y el narrador observador tiene que bajarse en su parada, porque todos tienen que dejar el viaje en algún momento. Aun así, la historia continúa. El autobús sigue su rumbo, y en él van Antonio y María, con la única angustia del momento de encontrarse el comedor cerrado y no poder llenar el estómago con algo caliente.

Etiquetas, , ,
Artículo anterior Artículo siguiente